La razón sitiada

Jun 26, 2025



Vivimos en una época paradójica. Por un lado, el acceso al conocimiento nunca fue tan amplio, tan inmediato, tan democratizado. Por otro, nunca como hoy pareció estar tan ausente de la vida pública el uso activo, riguroso y exigente de la razón. Las herramientas que han guiado durante siglos los grandes debates de la humanidad —la historia crítica, el pensamiento científico, el método analítico, la deliberación racional— han sido desplazadas en vastos sectores de la vida social por nuevas formas de persuasión, más emocionales, más viscerales, menos sometidas a prueba.

En este nuevo mundo, la razón parece sitiada, y su principal obstáculo no es ya una ideología antitética, sino algo más inquietante: una gran masa de indiferentes. La indiferencia contemporánea no es simple apatía; es, más bien, una forma de distanciamiento respecto de las categorías que, desde la Ilustración en adelante, estructuraron nuestra comprensión del mundo.

Si las grandes discusiones de antaño se fundaban en preguntas sobre la justicia, el progreso, la verdad, la libertad, hoy muchos las perciben como anacrónicas, irrelevantes o, peor aún, sospechosas. Este desplazamiento no es azaroso. Se inscribe en una transformación más amplia de la esfera pública, donde el sentido se construye cada vez menos por argumentación racional y cada vez más por apelaciones afectivas, identitarias, performativas.

En este nuevo escenario, los actores sociales se agrupan en torno a dos polos que, aunque en constante diálogo, obedecen a lógicas diferentes. Por un lado, quienes siguen apelando a la razón: convocan a los textos, a la evidencia, a la historia como magistra vitae, como fuente de juicio comparativo.

Su objetivo no es tanto ganar una discusión cuanto reintroducir en el debate público una exigencia epistémica: que no todo argumento es válido, que no toda opinión es equiparable a un hecho, que las decisiones colectivas deben ser informadas, discutidas, sopesadas.

Pero del otro lado emerge con creciente fuerza una racionalidad distinta, que quizás debamos dejar de calificar simplemente como “irracional” para empezar a comprenderla como un nuevo régimen de sentido. Este régimen no se funda en la prueba, sino en la adhesión; no busca convencer, sino movilizar; no argumenta, sino que conmueve.

Se sirve de emociones primarias —el miedo, la indignación, la rabia, el resentimiento— y construye relatos que no necesitan validarse en la realidad porque encuentran su eficacia en la resonancia afectiva que generan. Aquí conviven, sin contradicción aparente, el dogmatismo religioso, los populismos de diversa índole, el nacionalismo identitario y la cultura del odio como vector político.

No es casual que en este terreno proliferen líderes que hacen de la emocionalidad su principal herramienta. Le hablan al miedo ajeno porque conocen, íntimamente, el propio. Como advirtió Guglielmo Ferrero, hay en ciertos conductores una pulsión de dominio que no nace de la confianza en el orden, sino del pavor al caos. Y es precisamente ese miedo lo que los lleva a rechazar toda mediación, todo límite, toda razón que ponga en duda su voz.

Dejan entrever, para quien observa con cuidado, una lógica invertida: cuanto más temen, más necesitan emocionar. Ahora bien, no todas las emociones son enemigas de la razón. Como bien recuerda Martha Nussbaum, no hay democracia posible sin emociones, pero sí sin emociones educadas.

La compasión, la empatía, la esperanza o incluso la justa indignación no son fuerzas irracionales que deban ser desterradas, sino impulsos morales que, cuando se cultivan en contextos éticos, permiten ampliar el horizonte de lo razonable. No se trata de enfrentar la emoción a la razón, sino de civilizar la emoción para que esta se vuelva aliada del juicio crítico, y no su sustituto.

En esa dirección, el desafío no es solo resistir la emocionalidad bruta, sino cultivar una emocionalidad que enriquezca la vida democrática en vez de degradarla. La razón, entonces, ya no disputa únicamente con formas tradicionales de dogmatismo.

Hoy debe enfrentarse a una cultura de la inmediatez emocional, acelerada por las tecnologías digitales, que convierte al sujeto contemporáneo en consumidor de afectos antes que en agente reflexivo. No es casual que, en este clima, resurjan formas de pensamiento mágico, conspirativo o reaccionario. Son expresiones de una misma deriva: la sustitución del examen crítico por el confort de la convicción.

Ante este panorama, quienes aún creemos en la potencia transformadora de la razón debemos asumir un doble desafío. Por un lado, evitar el repliegue elitista, que solo profundiza la desconexión con las mayorías. Por otro, encontrar nuevas formas de seducción intelectual, menos solemnes, más dialógicas, capaces de despertar, aunque sea en dosis modestas, esa inquietud por comprender que ha sido siempre la raíz del pensamiento crítico.

No se trata de renunciar al rigor, sino de recuperar la capacidad de interpelar, de conmover incluso, sin caer en la trampa de la emocionalidad vacía. Y, sin embargo, una pregunta ronda mi cabeza —no nueva, pero sí vigente—: ¿estaba Goya en lo cierto cuando decía que el sueño de la razón produce monstruos? ¿Es su ausencia lo que engendra el delirio o, por el contrario, es su exceso lo que deviene pesadilla?

Tal vez el verdadero desafío no sea solo despertar la razón, sino también vigilar sus sueños. Porque, al fin y al cabo, el problema no es que la razón no tenga respuestas, sino que el mundo ya no formula las preguntas. Allí reside nuestro verdadero drama contemporáneo: hemos delegado la búsqueda de sentido en algoritmos, líderes carismáticos o narrativas redentoras, y, al hacerlo, hemos puesto en pausa nuestra capacidad más noble —y más frágil—: la de pensar críticamente. Tal vez sea hora de que la razón vuelva a hablar no solo como argumento, sino también como promesa de emancipación, como acto de fe —paradójicamente— en la inteligencia humana. ¿Es demasiado pedir?

(*) El autor de esta columna es economista y ensayista. Washington DC.



Fuente Clarin.com

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