
Tres meses le duró a Elon Musk la motosierra que Javier Milei le regaló con entusiasmo exagerado en la conferencia Conservadora en Washington.
Su simbolismo no entusiasmó ni a sus compañeros de gabinete ni al propio Trump, que esta semana lo despidió con elogios de ocasión pero sin vueltas, al tiempo que enviaba un proyecto de ley de presupuesto que ampliaba los gastos.
Con la prematura salida del creador y dueño de las compañías Tesla y Space X se cierra una de las puertas de entrada del gobierno argentino a la Casa Blanca, -Musk era el mejor intermediario entre ambos presidentes-, y la precipitada idea de que la política de reducción de gastos de Milei sería imitada con admiración nada menos que en los Estados Unidos.
Si Milei fue el ejemplo a seguir, ya no lo es más. Al menos con Musk como líder “libertario” en Washington. Allá la motosierra no llegó a arrancar.
“Fuck you, fuck you”, le gritó a Musk el secretario del Tesoro, Scott Bessent, en los pasillos de la Casa Blanca mientras discutían el nombramiento de quien se ocuparía de la IRS (Servicio de Impuestos Internos). Lo cuenta la crónica de la revista The Atlantic.
La escena sirve para ejemplificar las barreras que Musk, el mayor aportante a la campaña de Trump con 250 millones de dólares, no pudo superar, y su incapacidad -señalada con unanimidad por los medios norteamericanos-, para generar acuerdos y alianzas con otros funcionarios que le permitieran avanzar en sus proyectos.
“El Sr. Musk desarrolló relaciones conflictivas con miembros del gabinete del Sr. Trump y otros asesores de alto rango de la Casa Blanca. Se enfrentó a funcionarios por decisiones de gasto y personal, y sembró el miedo en Washington debido a su disposición a usar X para atacar a sus críticos.”, describió The New York Times sus tumultuosos días como jefe del Departamento de Eficiencia Gubernamental .
“Es simplemente mucho trabajo ocuparse de los enormes gastos del gobierno federal”, dijo Musk, evidenciando su frustración, pero también su ineptitud para integrarse a un sistema diseñado para impedir los caprichos personales.
Su confesión describe una derrota personal. No se trata de reivindicarlo como el brillante empresario que es vencido por la burocracia, sino como el hombre que no pudo adaptarse a un tejido de pesos y contrapesos que no siempre permite cumplir los deseos de gestión o de negocios.
No fue la cantidad de trabajo, sino la negativa de Trump a favorecerlo con decisiones estratégicas lo que apuró su alejamiento.
En ese sentido, la partida de Musk de la administración republicana no es necesariamente una mala noticia: puede ser entendida como una prueba de que algunos mecanismos de contención, muchos de los cuales se expresan en las calles y encuentran adhesión colectiva, aún funcionan.
Y hasta la mayor fortuna del mundo es insuficiente si no se acompaña con habilidad política.
Quizás sea más fácil enviar cohetes a Marte que reducir los gastos de una administración. No siempre es el triunfo de la ineficiencia. También puede ser la virtud de un sistema pensado para impedir los saltos al abismo.