En el omnipresente mundo digital, el otro ha sido despojado de su alteridad más profunda: ha dejado de ser una presencia que me interpela éticamente, para convertirse en un fantasma que aparece y desaparece en todo tipo de pantallas según mi conveniencia. Al fin, la tecnología se ha vuelto exponencial para transformar la relación intersubjetiva en un espectro de conexiones superficiales en las que el otro es cada vez más un objeto disponible, nunca un límite a mi deseo de control.

Así, la comunicación digital elimina la negatividad, que es necesariamente constitutiva del encuentro con el otro, y uno de los ejemplos más claros de lo anterior se encuentra en la videollamada, donde la mirada del otro está siempre desplazada: pese a todas nuestras inverosímiles contorsiones, nunca nos miramos directamente a los ojos. Ahora bien, esta imposibilidad técnica refleja una imposibilidad ontológica más profunda: la de encontrarse verdaderamente con la alteridad en un espacio digital que solo ha sido diseñado para la transparencia absoluta.

Como casi no podía ser de otra manera, las redes sociales han perfeccionado esta fantasmagorización del otro, que aparece como un conjunto de reacciones, ‘likes’, comentarios, pero siempre dentro de los estrictos parámetros preestablecidos por la plataforma.

De este modo, no hay encuentro, sino confirmación; no hay diálogo, sino monólogo multiplicado, y todo ello porque la sociedad de la transparencia elimina cualquier opacidad en la que podría refugiarse y resguardarse lo diferente, lo verdaderamente otro.

En el ‘dating’ digital, la nueva modalidad vincular de la absoluta disponibilidad, el otro se convierte de hecho y literalmente en un fantasma que puede ser convocado o desaparecido con un simple y trivial deslizamiento del dedo. La seducción, que tradicionalmente implicaba siempre la tensión de un encuentro cercano con la alteridad, se ve reducida ahora a un mísero algoritmo de compatibilidad carente de todo misterio, por lo que el deseo ya no se dirige hacia un otro concreto, existente, sino más bien hacia un perfil tecnológicamente optimizado, hacia un conjunto de características deseables que nunca coinciden por completo con la realidad del otro.

Sin embargo, y muy a pesar de lo penoso de todo lo anterior, la sociedad del rendimiento necesita desesperadamente esta fantasmagorización, pues un otro real, con su opacidad irreductible, con sus demandas y vulnerabilidades, sería un obstáculo para la exigencia de producción incesante.

Ante este escenario, sería más necesaria que nunca una ruptura con la lógica de la disponibilidad permanente para poder recuperar al otro en su alteridad radical. No se trata aquí de renunciar a la tecnología y sus múltiples posibilidades, sino de introducir en ella espacios de negatividad, zonas de indisponibilidad donde el otro pueda aparecer como presencia que me interpela, como rostro que me exige algún tipo de respuesta, tal y como señala Emmanuel Lévinas.

De este modo, los desarrollos tecnológicos podrían diseñarse no para eliminar la distancia con el otro, sino para preservarla; no para hacer al otro perfectamente transparente, sino para respetar su opacidad constitutiva, pues solo en esa tensión entre cercanía y distancia, entre disponibilidad y resistencia, podría el otro dejar de ser un completo fantasma para convertirse nuevamente en una luminosa presencia.



Fuente Clarin.com

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