
Hoy Alemania atraviesa una situación compleja frente a la amenaza rusa. Sus prioridades actuales son el aumento del presupuesto de defensa y la autonomía económica. En las calles de Berlín se ven campañas para alistarse en el ejército y algunos proponen reinstaurar el servicio militar obligatorio. Hay un giro de su histórica estrategia de soft power hacia un enfoque más realista y urgente de hard power. Su seguridad nacional ya no se mide solo en diplomacia o multilateralismo: hoy exige robustez militar.
Si bien Putin genera temor, Alemania sigue siendo la “locomotora europea” y posee la tercera economía del mundo. Rusia representa apenas el 10% del PBI de la Unión Europea y tiene tres veces menos población. Pierde más de 1.200 soldados por día en Ucrania, entre heridos y muertos. Alemania sola duplica el PBI ruso y un ciudadano alemán promedio produce el triple de riqueza que uno ruso. La economía germana es sofisticada y diversificada. Rusia, en cambio, depende del precio de sus recursos naturales y commodities.
En materia institucional Alemania es una república federal con pleno estado de derecho. Su estrategia nacional de seguridad reconoce que proteger la democracia implica proteger su soberanía, una idea proveniente del concepto de democracia militante. Incluso cuentan con una Oficina Federal para la Protección de la Constitución que recientemente declaró a un partido de extrema derecha como incompatible con el orden democrático. Rusia, en contraste, ni siquiera garantiza los derechos humanos básicos y la estabilidad de su sistema depende de una sola persona.
La política alemana, basada en un equilibrio entre la centro izquierda y la centro derecha viene resistiendo el avance de los populismos que arrasan en otras democracias. Allí la moderación es vista como virtud y hay indicios que el partido de extrema derecha AfD -fuerte en las regiones que estuvieron bajo dominio soviético- recibe apoyo desde Moscú. El último documento de su estrategia de seguridad se propone: “contrarrestar eficazmente las amenazas que plantean todas las formas de extremismo, en particular el extremismo de derecha”.
Alemania es una potencia silenciosa que basa su estrategia de seguridad en tres pilares: robustez, resiliencia y sostenibilidad. Si bien no hablamos de un modelo ideal o inmune a los problemas, allí no se percibe la tantas veces repetida “decadencia europea”.
Visto desde Argentina, resulta interesante que se conciba a la seguridad nacional en un sentido integral y se reconozcan como amenazas influencias ilegítimas que socavan la confianza en las instituciones democráticas; diseminación de desinformación; división de la sociedad; intervención externa en procesos electorales; ciberataques; presión económica externa; afectación a infraestructuras críticas; corrupción estratégica desde el exterior; o promoción de partidos extremistas con financiamiento trasnacional. En Argentina, la defensa de la institucionalidad y la cohesión social deben ser entendidas como cuestiones que hacen a nuestra seguridad.
Hoy Argentina parece elegir la sumisión a Trump. Al contrario, deberíamos defender nuestra autonomía y fortalecer el vínculo con Europa, con quienes compartimos lazos culturales, históricos y económicos profundos. Para eso, es prioritario trabajar en la puesta en marcha del acuerdo Mercosur-Unión Europea y evitar decisiones como la salida de la OMS, la discordia en el Mercosur, la “batalla cultural” y la agenda anticlimática.