
El gran profesor francés Raymond Aron consideraba a la tecnología como un factor modificador de la naturaleza de la guerra y de la política exterior. Por un lado, permitía el auge de nuevas formas de cooperación e interacción entre las naciones. Pero por el otro, la evolución tecnológica conduciría a una redefinición de los términos de poder entre los países, donde el factor tecnológico se convertiría en un elemento esencial para determinar la capacidad de un estado en imponer sus intereses.
Su pensamiento sigue vigente en esta época de intensa competencia tecnológica a nivel mundial, en particular entre EE.UU. y China, y Argentina no lo puede ignorar.
La competencia tecnológica es una parte importante de los juegos de poder que las naciones siempre han jugado, y que hoy encarnan principalmente EE.UU. y China. Así, el pensamiento de Aron aplica hoy a la intensa competencia en materia de tecnologías de la información —incluyendo semiconductores—, y de las tecnologías críticas y emergentes, que son aquellas con el potencial de impactar en forma significativa la seguridad y/o bienestar de una nación: inteligencia artificial (IA), computación cuántica, energías renovables, y biotecnología.
EE.UU. y China compiten con enfoques diferentes en lo tecnológico. En particular en como balancear el deseo del estado de controlar la tecnología de manera soberana, con el carácter abierto de la investigación científica. EE.UU. compite con su gran escala de inversiones públicas y privadas, sus muy calificados científicos, y su descentralizado ecosistema innovador.
China con sus impresionantes logros tecnológicos, su valioso y creciente capital humano, y la extrema intervención del estado chino. Como observó el experto Ian Bremmer, en ambos casos se observan procesos de fusión del poder tecnológico y el poder estatal, pero de naturaleza diferente. En el caso de China, el poder tecnológico está totalmente subordinado al gobierno en Beijing.
En el caso de EE.UU., unas pocas empresas han llegado a rivalizar con Washington en materia de influencia geopolítica, como el caso de SpaceX y Starlink, dando apoyo satelital-comunicacional a Ucrania durante la invasión rusa.
Estas empresas ejercen una forma de soberanía sobre el espacio digital, y crecientemente sobre el espacio físico, que los convierten en competidores de Washington. Bremmer afirma que estas empresas parecen querer hoy dominar el sector público para avanzar sus intereses privados. Esto puede causar conflictos en cuanto a establecer objetivos en una competencia tecnológica con China, con varios frentes.
Raymond Aron alertó sobre la dependencia excesiva en la tecnología, y de los peligros de un desarrollo tecnológico descontrolado. En ese contexto, y complementando la intensa competencia en semiconductores y en IA, otro revolucionario y disruptivo sector entra en juego: la computación cuántica.
Lo llamativo de la computación cuántica es que puede resolver en un día, lo que las supercomputadoras actuales tardan en resolver en billones de años. Tanto EE.UU. como China tienen acceso a esta tecnología, lo que les otorga la denominada supremacía cuántica.
Los EE.UU. tienden a dominar en materia de hardware, mientras China lidera en materia de comunicación cuántica —que otorga altos niveles de seguridad y eficiencia para comunicar protocolos—, y en sensores cuánticos —que otorgan altos niveles de sensibilidad y certeza—.
La computación cuántica, que hasta ahora se ha desarrollado en laboratorios, impactará en poco tiempo y en forma dramática la economía y la política real, con implicancias profundas para el sector privado, el público, y las relaciones internacionales.
Por ejemplo, para el sector bancario puede ser instrumento para acelerar el análisis de gigantescas bases de datos y de optimizar el manejo de los portafolios de inversión. Pero también significa que una computadora cuántica puede “leer” mensajes / códigos encriptados de altísima seguridad en un día, en vez de en billones de años que se tardaba hasta ahora. Para las farmacéuticas puede servir para simular con gran precisión las estructuras moleculares y el funcionamiento de sus nuevos medicamentos.
Para las industrias de vehículos y aeronáutica —civiles y militares—, permite simulaciones más certeras en cuanto a la estructura de materiales y los patrones de flujo de fluidos y gases.
Del punto de vista de los estados, tener acceso a las computadoras cuánticas puede, además de generar miles de millones de dólares en nuevos negocios para sus empresas, dotar de una inestimable ventaja a sus estructuras militares y de seguridad. En adición a optimizar y potenciar sus industrias de defensa, se agregaría la capacidad de “leer” todo tipo de claves/mensajes encriptados de ejércitos enemigos, otorgando una contundente ventaja en materia de inteligencia y comunicaciones.
En tiempos de diplomacia y de guerra, mantener esta superioridad es entonces una cuestión de estado en materia de seguridad, de poder de negociación internacional, y hasta de supervivencia.
En este contexto, vale recordar que Raymond Aron se manifestaba contra el “determinismo tecnológico”: que la tecnología guíe el desarrollo y los valores de una sociedad. Decía que las consecuencias sociales y políticas de la tecnología están determinadas por el contexto político y social en el que la tecnología se desarrolla. Lo que plantea una enorme responsabilidad para los líderes de ambas potencias, a nivel doméstico e internacional. w