
Ha contado varias veces esto: él quería ser periodista, pero no uno cualquiera sino uno de los buenos. Tenía aspiraciones. Entonces, mientras daba clases de literatura italiana en Roma, pensó en entrevistar, digamos, a John Le Carré, Arthur Miller, el Dalai Lama, Lech Walesa, Mijaíl Gorbachov, Noam Chomsky y Joseph Ratzinger. No lo hizo. Sencillamente inventó los diálogos.
Después de diez años de falsear entrevistas y ofrecerlas a medios chicos, la “carrera” de Tommaso Debenedetti terminó. Era un mentiroso. Entonces, creó una explicación que, otra vez, lo volvía un verdadero héroe.
“Mi idea era ser un periodista cultural serio y honrado, pero eso en Italia es imposible”, explicó al diario El País de España. “La información en este país está basada en la falsificación. Todo cuela mientras sea favorable a la línea editorial, mientras el que habla sea uno de los nuestros. Yo, simplemente, me presté a ese juego para poder publicar y lo jugué hasta el final para denunciar ese estado de cosas“.
No era un mentiroso que falseaba entrevistas, lo suyo era la denuncia. Lo mismo podría decir el carterista que se lleva una billetera en el colectivo: “Le he robado para que usted aprenda a cuidar mejor sus pertenencias”.
En definitiva, él, que vendió durante diez años notas falsas, no es para nada responsable por esos actos. La culpa es de los engañados. Hay que reconocer que en eso de responsabilizar a las víctimas no es demasiado original.
Incluso, se animó a más: “Creo que he inventado un género nuevo y espero poder publicar nuevos falsos en mi web, y la colección en un libro”, agregó.
De un tiempo a esta parte, las redes sociales le dieron una nueva posibilidad: ahora, crea cuentas falsas y desde ellas anuncia la muerte de una personalidad, generalmente escritores. Ahí están los autores y autoras explicando que siguen vivos para regocijo del italiano. Noam Chomsky, Antonio Skármeta, Isabel Allende, Javier Cercas, Javier Marías, Fernando Aramburu, César Aira y Eduardo Sacheri, entre otros y otras.
Entonces, cada vez, los medios admiten que se apresuraron y lo entrevistan para que repita y repita que intoxica con mentiras por el bien del periodismo, que lo suyo es un género literario, que siempre quiso ser un buen periodista, que la culpa es de los propios medios engañados… Una versión reformada de la fábula “El pastor mentiroso” de Esopo, en la que triunfa la mentira.