
No se lo van a creer, pero los domingos pasaron de ser mi karma a mi día favorito de la semana. Una transformación impensada para una activista anti domingo tan radical que era capaz de estirar el sábado hasta las siete de la mañana con tal de que la descorazonadora jornada dominical no llegara nunca. Pero, como dice la canción “cambia, todo cambia” y mis gustos y costumbres también cambiaron.
Les cuento. Empecemos por la adolescencia, una época de la vida en la que es fácil acostumbrarse a sábados alocados y domingos depresivos. En los noventas, cuando estalló la cultura dance, y mi lozanía me permitía bailar seis horas seguidas, me volví fundamentalista de los DJ y trataba de analfabeto a cualquiera que no entendiera la diferencia entre “techno, house” y trance. Cuando me puse grande para esas maratones, cambié las “raves” por cumpleaños o juntadas en bares, pero en líneas generales seguía teniéndole demasiada fe a los sábados. Pasaba toda la semana anhelando ese día, como si algo maravilloso fuera a acontecer sólo por alcanzar un cuadradito del almanaque. Elegía con cuidado mi ropa y salía a recorrer la escena con altísimas expectativas, creyendo que descubriría algo relevante: una nueva vanguardia, un nuevo círculo social o un amor que revolucionara mi vida. Y como todo eso en general no pasaba, los domingos eran de decepción y negrura. Levantarme al mediodía con el encantamiento roto, la carroza transformada en calabaza y los caballos en ratones. Esperar el atardecer para admitir que mi vida social era un fracaso y desear que llegara de una vez el bendito lunes con su rigor de horarios para rescatarme de mi pozo de autocompasión.
Pero, ¿cómo di vuelta esa ecuación? Fácil: pasé los cuarenta. Muchas mujeres tienen pánico a esta edad, como si marcara una bisagra que separa juventud y la vitalidad de la vejez y el ocaso. Pero no es tan así. La segunda mitad de la vida también tiene sus ventajas. Dejar de trasnochar los sábados habilita una nueva dimensión de disfrute dominical. Ahora puedo levantarme temprano para llevar a mis sobrinas a la plaza, y perseguirlas por la trepadora hasta cuenta como ejercicio. Si hace frío cocino un puchero gigante con todos los ingredientes que se me ocurran y voy cargada de tuppers a visitar a mis viejos. Almorzamos en familia y, para la sobremesa, aprendo a jugar cartas pokémon o veo Frozen por décima vez, cantando las canciones a coro. Incluso las tareas operativas que en otra época me hubieran resultado tediosas, como “remisear” a las criaturas a casas de otros parientes, se volvieron un gran plan. Aprovecho para tomar un café con la tía de mi cuñado que es un amor, y acabo por encontrar en mis propios vínculos, de sangre o políticos, esos círculos sociales que tanto buscaba. Para terminar la jarana, suelo cenar unas pizzas con mi suegra, mi pareja y sus hijos que, como buenos adolescentes, seguro tienen una vida mucho más divertida que la mía y estarán añorando con antelación su próximo sábado a la noche.