
Del nacimiento de William Turner, considerado el más relevante entre todos los pintores ingleses, precursor de los impresionistas franceses y del arte abstracto, se cumplen 250 años este 23 de abril y el aniversario es motivo de múltiples homenajes. Pero la novedad alrededor del llamado “maestro de la luz” es que la galería Artzinwa, en Viena, acaba de sacar a la venta un cuadro de Turner por un precio de 40 millones de dólares.
Se trata de “Venecia, vista desde el Canal de la Justicia con la Iglesia Santa Maria de la Salud”, que sería otra versión de uno de los cuadros más famosos de Turner y que se exhibe en el museo Victoria y Alberto, en Londres. Según la galería, el nuevo cuadro fue descubierto un año atrás (“un hallazgo sensacional”, afirmaron) y un comité de expertos certificó su autoría. Un vocero de Artzinwa aseguró que “la atribución a Turner está sostenida por múltiples y exhaustivos análisis científicos e histórico-artísticos”.
Venecia, la ciudad que retrata en el cuadro, es una de las protagonistas frecuentes en las obras de Turner: dejó un millar de dibujos a lápiz, 150 acuarelas y decenas de óleos de la ciudad de los canales. Turner estaba fascinado por Venecia, que visitó tres veces (1919, 1833 y 1840) y donde fue influido por las obras de Canaletto.
Solamente en el Reino Unido se programaron treinta exposiciones para este año con obras de Turner y una de las más ambiciosas es Turner 250, en la Tate, donde ofrecerán un “diálogo” entre Turner y quien era su competidor, John Constable. También hay muestras en sitios más lejanos como Shanghai (China) y Cincinnati (EE.UU.). Y se presentará un completo catálogo online, que permitirá acceder a legado casi total del artista. Era un hombre seguro de sí mismo cuya aura se mantiene: el billete de 20 libras que aún hoy circula por Inglaterra lleva como imagen el autorretrato de Turner, quien lo realizó para otro de sus cuadros más famosos, “El último viaje del temerario”. Esta pintura de 1838 es una de los más apreciadas por los ingleses. Turner había sido testigo del momento, cuando la nave insignia de la batalla de Trafalgar fue remolcada por el río Támesis para ser desguazada.
La muestra en la Tate recién se verá en noviembre y allí van a explorar el aporte al paisajismo de los dos grandes pintores –Turner y Constable- que dotaron a sus obras de amplio simbolismo y sensibilidad. Pero llevaban la rivalidad al extremo. Una de las anécdotas se remonta al Festival de Verano de 1832 en la Royal Society: Constable presentaba “La inauguración del Puente de Waterloo”, un cuadro sobre el que trabajó diez años, y Turner llegaba con “Helvoestluys”, una vista marítima. Horas antes de la apertura, y autorizado por los organizadores, Turner vio el cuadro de su “rival” y le hizo un retoque a la suya. Constable lo supo: “Ha estado aquí y ha disparado un arma”, afirmó…
“Más allá de su incalculable aportación al paisajismo, Turner fue un hombre ambicioso, competitivo y emprendedor. Colaboró en la creación de grabados posteriores a su obra, consciente de su capacidad de difusión, y se preocupó activamente por la preservación de su legado”, apunta una de sus biografías. A diferencia de la imagen de otros artistas –solitarios, humildes, románticos- Turner llevó una vida sin tantos apremios y recibía encargos de la realeza. Su obra total abarca 500 pinturas, 2.000 mil acuarelas y 7.000 dibujos, pero expuso poco, solamente lo que consideraba esencial y “concluido”. Desde hace tiempo, ser propietario de “un Turner” es sello de prestigio y hasta el momento su obra más lucrativa es “Roma, desde el Monte Aventino” que se vendió hace una década por 48 millones de dólares al Getty de Los Angeles.
Turner nació en 1775 en Londres, hijo de un peluquero. Con apenas 14 años ingresó a la Royal Academy y, en sus primeros tiempos, se especializó como “copista”. Según uno de sus biógrafos, P.G. Hamerton “Turner tenía dos pasiones. Una era la pasión por el arte. Y la otra, la pasión, más extendida, de amasar dinero”. A los 24 fue admitido como miembro de la Academia y, más adelante, la presidió.
Tuvo que afrontar a los críticos en su época y aún hoy, están quienes lo cuestionan desde el canon. Pero el escritor español Antonio Muñoz Molina, luego de exposiciones en el Metropolitan y en El Prado, señaló: “Me acuerdo de sus bocetos tomados del natural la noche del gran incendio del Parlamento en Londres: los garabatos rojos y amarillos del fuego en la oscuridad, su reflejo desleído en las aguas del Támesis. Era un arte tan turbulento y tan nuevo como el de los últimos cuartetos de Beethoven, como el del Goya de las pinturas negras. Era nuevo, claro que sí, pero también de su tiempo, igual que Beethoven y Goya, y su inspiración no emanaba de la prestigiosa soledad atormentada que el romanticismo nos ha hecho esperar de cualquier artista grande, sino de una actitud profundamente clásica, el estudio del natural equilibrado y corregido por el de los maestros antiguos”. Frente a los críticos, sostiene: “Devuelto a su propio tiempo, rescatado del limbo de la genialidad, Turner no pierde estatura y gana consistencia, se nos hace más cercano y presente, un artista entregado al logro de su propio estilo a través del trabajo tenaz y del ejercicio de la admiración”.
Conexión Buenos Aires
Siete años atrás, el Museo Nacional de Bellas Artes ofreció una exposición de 85 acuarelas de Turner, que llegaron desde el Museo Británico. Pero nuestra ciudad también cuenta con una obra importante del artista inglés: se trata del óleo “Juliet and her Nurse” (Julieta y su enfermera), de 1836, en la Colección Fortabat, en Puerto Madero. Es, en verdad, la joya de la corona de esa sala junto al “Censo de Belén”, de Pieter Brueghel el Joven, de cinco siglos atrás.
Amalita Fortabat estaba fascinada por ese cuadro y su delegado en la subasta de Sotheby’s pujó con un inglés hasta conseguirlo por un precio de 6,4 millones de dólares, que se extendieron a un millón más por las comisiones de la casa. Ello sucedió en 1980 y era un récord para una pintura en subasta hasta ese momento, considerando que el anterior, de 1970, eran los 5,5 millones que se había pagado por un Velázquez.
Aquella obra también fue cuestionada cuando Turner la presentó en la Royal Society pero luego se convirtió en un “clásico”. Además de sintetizar el estilo y las virtudes del pintor, exhibe una curiosidad: la inspiración de Romeo y Julieta, pero ubicada en la Piazza central de Venecia. Y allí figuran todas sus atracciones: el Campanile, la Basílica de San Marcos, el Palacio Ducal, las columnas de San Marco y San Teodoro. “Entre las obras de la segunda mitad de la producción de Turner es una de las más evocativas, con un clima fascinante: la contundente combinación de una perspectiva dinámica con estallidos puntuales de luz se manifiesta claramente”, indica la presentación del museo.
Joseph Mallord William Turner murió en 1851 en Londres, pocos meses después de su última exposición, y fue enterrado en la Catedral de San Pablo. Le dejó todas sus obras a la institución oficial (el Legado Turner) y –entre las que se conservan- la mayoría se pueden ver en la Tate.