A veces en tono de humorada o chanza, otras desde la superficie analítica, en los últimos tiempos se reiteraron juicios catastróficos sobre el radicalismo y su marcha.

Encontraron soportes trillados como la exacerbación internista, la moderación, o la tibieza. Ahora, con una flamante incorporación, la demonización de la vejez, quizás en una remake de la prédica mileísta de los “viejos meados”. La discriminación edadista, tan en boga por estos días, es otra de las nuevas claves en la embestida anti-radical.

Según consta en la justicia electoral, la Unión Cívica Radical tiene en su haber alrededor de 1,8 millón de afiliados y afiliadas. La robustez de su volumen parece actuar como dique de contención para los que auguran el fin del partido de los 134 años, la fuerza que atravesó los tres siglos.

Por estos días, el cierre de listas locales bonaerense se volvió eje de la noticia. El radicalismo provincial instrumentó una amplia coalición competitiva con más de treinta intendentes, algunos de ellos provenientes del peronismo, el PRO, y el vecinalismo. Somos Buenos Aires es el nombre que adoptó esta propuesta superadora a la grieta, y la UCR, con su estructura de jefes comunales, fiscales y comités, quedó al frente de catorce partidos y la bendición de dirigentes como Elisa Carrió, Facundo Manes, Emilio Monzó, Florencio Randazzo, Juan Schiaretti, Juan Zabaleta y Julio Zamora, por solo nombrar algunos.

Más allá de cierto sadismo inercial que ganó la escena política en los últimos tiempos, en ese discurso desdeñoso y falso sobre el radicalismo, se esconde un velado mensaje más profundo, el del clima antidemocrático.

Como parte del conjunto social, la UCR no escapa a esa violencia que mina los valores fundamentales del sistema republicano, y se preocupa por dar desigual batalla en cada ámbito de debate en pos de preservar los mínimos comunes denominadores que sostienen nuestra democracia.

Allí también entran en escena los comités, nuestras células básicas, ésas que siguen siendo motivo de orgullo cuando se llega a tal o cual confín de la nación, ámbitos de reunión, de debate, y muchas veces de exposición de problemáticas locales con respuestas solidarias inmediatas.

Desde la atención médica primaria, los consultorios jurídicos gratuitos, las clases de apoyo escolar, la organización de espacios para la tercera edad, el salón que se le presta al cumpleañero o la cumpleañera, las voluminosas bibliotecas de libre acceso, y mucho más. Eso es un comité partidario hoy, un refugio de las ideas y sus gentes, ante tanta falta de empatía.

Sin embargo, también resulta torpe reducir todo a su endogámica presencia militante y a la de sus inmarcesibles comités, porque la UCR tiene cinco gobernadores en provincias que suman casi nueve millones de habitantes, y más de 522 mil kilómetros cuadrados de extensión territorial.

A eso se le suman, el pasado “franjista” del gobernador puntano, el vicegobernador chubutense, la vice entrerriana; y los ministros en las provincias donde gobierna lo que fue Juntos por el Cambio. Este radicalismo tiene más gobernadores de los que había el día que Raúl Alfonsín cumplió con su palabra empeñada, y entregó banda y bastón al primer presidente peronista de la democracia recuperada, a fines de los 80.

En este escenario de crisis de legitimidad, donde la no concurrencia a los comicios crece, y hasta comienza a diseccionarse el mal uso de las redes sociales, hay una fuerza que nació cuando solo había diario y telégrafo, que está vigente y sigue apasionada por sostener la utopía de seguir construyendo más y mejor democracia.-

Hernán Rossi es secretario general de la Convención Nacional de la UCR



Fuente Clarin.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *