En varias columnas anteriores señalé que la decadencia relativa de nuestro país se manifiesta en numerosos indicadores económicos y sociales, que afectan de manera directa nuestra calidad de vida. Si bien la caída económica no explica todo el deterioro social, sí representa una causa principal.

No pretendo insistir en el tema, sino mostrarlo desde distintos ángulos para entender mejor sus causas y qué deberíamos hacer, a mi juicio, para revertirlo. Pido disculpas por la abundancia de datos, pero creo que son necesarios para evaluar bien la magnitud del problema.

El deterioro económico puede observarse en múltiples indicadores, entre ellos el PBI por habitante, medido en términos de paridad de poder de compra (que supone precios iguales en todos los países), o en dólares corrientes, así como las tasas de crecimiento del PBI real.

En 1980, ocupábamos el puesto 34 en el mundo en PBI per cápita ajustado por poder de compra (probablemente algo más bajo si incluimos a países de la ex Unión Soviética). Hoy estamos en el puesto 74. Peor aún: si se compara la tasa de variación de este indicador, descendemos al puesto 105.

En dólares corrientes pasamos del lugar 25 al 73, aunque esta medición es parcialmente engañosa al depender del tipo de cambio real. En cuanto a la tasa acumulada de crecimiento desde 1980, ocupamos el puesto 173 de 196 países. Solo 23 países lo hicieron peor.

La llamada “contabilidad del crecimiento” permite descomponer los factores que contribuyen al crecimiento económico: el aumento del capital físico (inversión menos depreciación) y su productividad, el crecimiento del empleo y su productividad, y un componente residual denominado Productividad Total de los Factores (PTF), que capta otras influencias como cambios en los términos del intercambio, crisis externas o desastres naturales. En todos estos aspectos, nuestra performance fue inferior a la media global.

Desde 1960, el PBI argentino creció en promedio 2,3% anual, frente a un promedio mundial de 3,5%. El aporte del empleo fue de 0,7% (vs. 0,8% en el mundo), el del capital físico 1,6% (vs. 2,1%) y la PTF fue nula, con largos períodos de signo negativo (vs. 0,5% mundial). En resumen: invertimos poco y mal, no generamos empleo suficiente, y las crisis externas nos afectan con fuerza.

La baja tasa de inversión y de ahorro requiere mención aparte. En estos años, la inversión promedió 16,3% del PBI (vs. 25% mundial), en buena parte por una baja tasa de ahorro (16,1%) y la virtual desaparición del mercado de capitales.

Probablemente el ahorro esté subestimado por salidas de capital no registradas. A fines de 2023, se estimaba que las tenencias privadas de activos en el exterior equivalían a un PBI entero. En definitiva, priorizamos el consumo por sobre la inversión: eso mejora el bienestar en el corto plazo, pero genera pobreza en el mediano y largo.

La destrucción del mercado de capitales es otro factor central. La inflación y las regulaciones lo hicieron inviable. En los años 40, los depósitos representaban más del 60% del PBI y los créditos hipotecarios el 42%. Hoy, los depósitos privados no llegan al 13% y los créditos hipotecarios apenas alcanzan el 0,5%.

La situación empeora si se compara el volumen de recursos financieros a largo plazo en manos de fondos de pensión y compañías de seguros. En EE.UU. equivalen al 150% del PBI, en Chile superan el 80%, y en Argentina apenas alcanzan el 13%, incluyendo el Fondo de Garantía de Sustentabilidad, que además presta la mayor parte de sus recursos al Estado.

Hay múltiples causas detrás de este pobre desempeño. Destaco algunas:

a) debilitamiento institucional, b) fragmentación ideológica, c) desequilibrios macroeconómicos que derivan en inflación y crisis externas, d)proteccionismo, e) exceso de regulaciones, f) gasto público improductivo, g) caída del empleo productivo.

Argentina tiene los recursos humanos, naturales y de capital para revertir este proceso. Pero eso no ocurrirá si no abordamos los problemas señalados. El intento de resolverlos todos al mismo tiempo suele paralizar. Pero postergarlos nos condena a no resolver ninguno.

A mi juicio, el fortalecimiento institucional es la tarea más importante y también la más difícil. Pero se facilitaría si se logra primero eliminar la inflación y evitar las crisis periódicas de balanza de pagos. Para eso es imprescindible restaurar los equilibrios macroeconómicos. No es fácil, pero sí es posible.

Ricardo Arriazu es economista.



Fuente Clarin.com

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