
El día de ayer, miles de investigadores se movilizaron en todo el país bajo la consigna “Nadie se salva solo”, inspirada en El Eternauta, para denunciar el desmantelamiento del sistema científico argentino. Lejos de tratarse de una expresión simbólica, la consigna retrata con crudeza lo que está ocurriendo: la demolición progresiva de una estructura que llevó décadas -y muchísimo trabajo- construir.
Desde diciembre de 2023, el gobierno ha implementado medidas que paralizan la investigación pública: se congelaron ingresos al Conicet, se suspendieron becas, se recortaron presupuestos y se bloquearon partidas ya adjudicadas.
El impacto es profundo, y no solo se corre el riesgo de perder talentos y frenar proyectos estratégicos, sino también provocar una fuga de cerebros sin precedentes. Esa preocupación se materializa en testimonios de colegas que financian sus investigaciones con recursos propios, migran al extranjero o abandonan la carrera científica ante la falta de condiciones mínimas para continuar.
El presupuesto destinado a ciencia y técnica en 2025 representa apenas el 0,15% del PBI: nunca la inversión fue tan baja. A esta situación se suma una caída del 34% en el poder adquisitivo de los salarios del personal científico entre noviembre de 2023 y marzo de 2025, según datos del Grupo de Estudios de Presupuesto y Ciencia.
La actividad científica está prácticamente bloqueada: no hay fondos para servicios esenciales como electricidad, limpieza o seguridad, ni para el mantenimiento de equipos, compra de insumos o infraestructura básica. Incluso créditos internacionales previamente otorgados permanecen sin ejecución.
Los efectos se sienten en todos los niveles y el panorama es desolador. Grupos de investigación consolidados comienzan a disolverse, muchos becarios postdoctorales altamente capacitados quedan fuera del sistema, y captar nuevas generaciones de investigadores se vuelve inviable. ¿Quién iniciaría una carrera científica con ingresos bajo la línea de pobreza, sin previsibilidad ni reconocimiento institucional?
La desinversión en ciencia no es un tema sectorial. Compromete el desarrollo productivo, la salud pública, la soberanía tecnológica y la capacidad del país para enfrentar desafíos ambientales, sociales y sanitarios. La ciencia no es un gasto superfluo; es una inversión en futuro. Sin ciencia, no hay educación de calidad, no hay innovación, no hay independencia.
Es imprescindible darle visibilidad a lo que está sucediendo y que la sociedad en su conjunto tome conciencia de la gravedad de esta situación. Necesitamos de su acompañamiento en el reclamo por una política científica que garantice continuidad, dignidad y visión de largo plazo. Defender la ciencia es defender el derecho de Argentina a construir su propio destino.
María Florencia Coronel es Investigadora Independiente del CONICET, Directora del Grupo de Dolor asociado al Cáncer del Instituto de Investigaciones en Medicina Traslacional CONICET – Universidad Austral.