Oasis siempre ha sido un oscuro objeto de deseo para la crítica musical. La banda de los hermanos Noel y Liam Gallagher, nacida a inicios de los 90 en Manchester, Inglaterra, puso al crítico frente a una disyuntiva nueva, tal vez la primera crisis posmoderna del rock: ¿cómo debe ponderarse la música de Oasis, una obra sin ilusión de originalidad o riesgo, que no impulsó la historia del género pero que la contenía entera, y que con esa pirueta pudo encabezar el último gran capítulo de la historia del rock & roll como fuerza popular joven?
Por mucho tiempo, la crítica optó simplemente por desdeñar a Oasis y dejar que la prensa sensacionalista haga el resto con las desventuras autoincriminatorias de los hermanos Gallagher. Al principio fue por omisión y contraste: toda la literatura se volcó por el fervor nihilista de Nirvana y el grunge, los laberintos neuróticos de Radiohead, o por el escepticismo a veces melancólico y a veces sarcástico de Blur y Pulp, los preferidos del britpop.
Mientras tanto el vilipendiado Oasis inundaba charts y llenaba estadios, tocaba la fibra rockera de un público que no sabía que se podía añorar un pasado que no se había vivido: tres décadas de historia pop de la que sus canciones eran un resumen austero pero esencial. Poderoso y celebratorio. Al final, la crítica se dio por triunfadora ante la evidencia: la música de Oasis se hizo previsible y desencantada, ampulosa pero intrascendente. El colapso seguido de separación en 2009 marcó un impasse que se extiende hasta la todavía no efectivizada gira de reunión 2025, que los traerá a Buenos Aires en noviembre.
En su análisis de los orígenes del grupo para la serie 33 y 1/3, el periodista y escritor Alex Niven asume esta cuestión y levanta la lápida con que la crítica clausuró la obra de Oasis. Niven, que enseña literatura en Newcastle (ciudad importante en la mitología del grupo) y colabora con The Guardian y Pitchfork, no exonera a críticos ni músicos por el divorcio y especula sobre las razones del auge y la caída de Oasis más allá de lo estrictamente artístico.
Niven localiza y contextualiza a Oasis para mensurar el peso de su huella en la cultura británica, que sería refrendada diez años después de la publicación original del texto, cuando Oasis agotó en pocas horas los tickets de su gigantesco tour de regreso. Y también se arremanga para desenterrar el esqueleto musical de aquel quinteto desangelado de chicos marcados a fuego por la pauperización colectiva y la cancelación del futuro del ciclo thatcherista. En ese camino, Niven ofrece claves de lectura para averiguar el amplio impacto de Oasis en la Argentina menemista, su eco en bandas como Viejas Locas, la inteligibilidad de su nervio rebelde y chúcaro pese a las barreras idiomáticas.
Niven no es un devoto de los Gallagher y lo deja claro tanto como puede, y quizás por eso sus observaciones sean tan interesantes. Elige trabajar sobre el álbum debut Definitely Maybe (1994) porque es el único que considera realmente bueno. Y casi todas sus defensas del grupo se afirman en la carencia como virtud. Por ejemplo, cuando dice que la solidez de Oasis es producto de “un conglomerado sonoro de personalidades musicales cien por ciento comunes” y que el despido del tosco baterista Tony McCarroll profesionalizó y a la vez destruyó la identidad sonora del grupo. O cuando afirma que la musicalidad simple y la lírica elemental de Oasis los convirtió “en la expresión creativa más profunda de su época”. Todo esto merece explicaciones y argumentaciones, que el autor ofrece con asertividad didáctica. No resigna lo simple a lo sencillo, ni lo elemental a lo vacuo.
En la arquitectura interna de las canciones encuentra la economía erudita de un escucha perspicaz como Noel Gallagher, un joven que absorbió discografías enteras antes de convertirse en el compositor y guitarrista conciso y emotivo que cita a Marc Bolan y Neil Young con cara de póker, y que iza la bandera de Burt Bacharach en medio del ruido del reviente. Y en la masa abrasadora de un audio aplastante, Niven descifra las herencias y logros menos evidentes de Oasis: su condensación de la evolución del rock desde Chuck Berry y la pared de sonido de Phil Spector hasta el “fin de la historia de la música de guitarras” de My Bloody Valentine, sus compañeros en la discográfica Creation.
Aunque localizado, el análisis de Niven sobre la imaginería y la narrativa del primer LP de Oasis tiene una potente resonancia actual. El autor pide considerar con detenimiento las condiciones en que los hermanos Gallagher crearon sus primeras canciones. En principio Manchester, “el corazón de la industria y la cultura de la clase trabajadora”: la ciudad de Engels y Morrissey, de la inmigración irlandesa masiva de la que los Gallagher son descendientes, y a que fines de los ‘80 es un páramo de elefantes blancos.
El inicio de todo, dice Niven, es la prescindibilidad de la fuerza laboral de los jóvenes y las colas para cobrar el fondo de desempleo, una imagen que propone como portada alternativa para el disco. En esa escena, que se reitera en otras obras de la época como la emblemática Trainspotting (1996), Niven halla la brillantez paradojal de Definitely Maybe: un disco que habla de victorias y sueños grandiosos sobre ser estrella de rock y alcanzar los cielos a velocidad supersónica desde las privaciones pedestres de chicos sin dinero ni ocupación. Una apropiación invertida, dice Niven, del discurso thatcherista del meritócrata que todo lo puede alcanzar con la voluntad y el empeño.
Con lucidez, Niven señala a “Cigarettes & Alcohol”, uno de los hits del álbum, como “el mayor himno consagrado al seguro de desempleo” y “una de las declaraciones sonoras más gloriosas de Oasis”. Antecedida en el tracklist por la furiosa “Bring It On Down”, “Cigarettes & Alcohol” es lumpen y báquica. Es un pastiche de blues con el riff de “Get It On”, clásico glam de T. Rex. Y también un experimento de acoples y ruido blanco hecho en complicidad con el ingeniero Owen Morris.
En cuanto la separemos de las acusaciones de plagio, dice el autor, veremos que la canción es “una reducción radical” de la tradición de rock a la vez rebelde, festivo y popular de bandas como The Rolling Stones. “La síntesis es tan brutal que casi parece una abstracción posmoderna y post-rock de dicha tradición”, arriesga el autor. En estas convergencias entre ser escucha y a la vez creador protagonista, Oasis encontró un nosotros que el rock & roll no tenía, probablemente, desde los ‘70. Una pulsión colectiva que hizo pasar una tragedia social por un triunfo y los convirtió en héroes de una juventud con la que compartía sueños y pesadillas.
Esta comunión idealista quedó deshecha ya en What’s The Story (Morning Glory)? (1995), según Niven. Para el autor, el disco más exitoso de Oasis conserva buenos momentos, pero marca un desacople que hace caer toda la narrativa del grupo. La lírica de triunfo pese al desamparo deja de funcionar si quienes cantan ya son millonarios y se dejan ver en cócteles con el laborismo neoliberal de Tony Blair. Las canciones dejaron de transmitir verdades sobre la experiencia de ser un joven de clase trabajadora y empezaron a sonar egoístas e inverosímiles. En esta lectura, la melancólica “Slide Away” cierra el álbum como un “panegírico final y tardío” sobre lo mejor del rock, que inevitable se va. También así, asegura Niven, “podría describirse todo el proyecto musical de Oasis”.
Oasis. Definitely Maybe, Alex Niven. Dobra Robota + Walden, 180 págs.
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