Hace poco leí en un posteo de Instagram sobre cómo lidiar con la envidia en el ámbito profesional, especialmente entre escritores. El posteo recomendaba hacerse a la idea de que al otro le puede ir mejor que a uno, se lo merece y permitirse estar envidioso un día. Me pareció una recomendación estúpida.

En la envidia, al revés que en otros sentimientos, quien sufre es el envidioso. Puede incluso que sufra y se torture porque es una buena persona y no le gusta estar pensando mal del prójimo. Tiene la necesidad de despreciar el logro del otro, y además insinuar que los logros del otro fueron conseguidos de forma vil. Nunca se los mereció tanto como nos lo merecemos nosotros.

No se crean que cuento esto porque soy tan buena que soy ajena al sentimiento. No: todos los humanos sentimos envidia alguna vez. Acá van mis dos tips. Cuando estoy envidiosa de que tal o cual persona tenga un mérito mayor que yo, es porque creo que puedo controlar todos los factores que componen una decisión arbitraria. ¿Por qué no me gano el Premio Nobel y se lo gana Han Kang que me deprime? Puedo enunciar una serie de razones: porque el Premio Nobel es político, Corea del Sur es un país en ascenso en occidente, Kang es mujer y escribe bien y con poesía, y además, porque ella aceptó el premio… Es probable que en cinco o cuarenta años nadie sepa ya quién era Kang como le pasó al escritor de Tanzania Abdulrazak Gurnah, que lo ganó en el 2021, o Frans Emil Sillanpaa en 1939, un escritor finés que, en mi bestialidad, todavía intento saber quién es. Es decir, si yo me ganara el Premio Nobel es probable que también fuera olvidada. Los logros, de cualquier tipo, están destinados a esfumarse en la noche de los tiempos.

El segundo tip lo tomé prestado de Séneca. El gran filósofo romano es un buen compañero a la hora de entender los sentimientos encontrados. No se convertiría en el alma de una fiesta, pero está bueno darle una leída de vez en cuando. Séneca dice que cuando nos ponemos envidiosos no evaluamos con justicia todos los sacrificios a los que se somete el envidiado para conseguir aquello que envidiamos. Siempre nos parece que lo obtuvo por un golpe de suerte, y en realidad… ¿Cuántos esfuerzos habrá hecho para ser el libro más vendido? ¿Cuál habrá sido el costo de horas trabajo, de noches sin dormir, ratos robados a su familia, ejercicios de paciencia ante el maltrato del mercado, de reuniones en lobbies para presionar tal vez, qué parte del león estará dejándole a la editorial, a los agentes literarios, a los publicistas…?

Antes de envidiar, pensemos si nosotros estamos dispuestos a sacrificar tanto como el envidiado hizo. Y sabremos que la respuesta es No, y por eso, él se lo merece más que nosotros.



Fuente Clarin.com

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