
-Lo he escuchado en varias oportunidades decir que “estamos jodidos”. ¿Es así, estamos jodidos?
Existen dos factores que condicionan a los gobernantes: el liderazgo y la estructura. La estructura depende de factores que los líderes no pueden alterar en el corto plazo. Esos factores vienen configurados por procesos macrosociales, por trayectorias históricas, que condicionan el tiempo en que a los líderes les toca gobernar. Y los actuales son “tiempos jodidos”, porque hay varios factores pesados jugando en contra. Menciono algunos, solo locales, omitiendo el desorden a nivel global. Tenemos sociedades quebradas y fragmentadas, donde escasean los bienes públicos que fueron fundamentales para anclar el tipo de acción colectiva que requiere la democracia. Tenemos también estados desafiados, por arriba y por abajo, en su soberanía, por fenómenos tan complejos como el Big-Tech y la expansión de mercados ilegales e informales. Ante eso, las estructuras de mediación tradicionales, como los partidos políticos están rotas. La democracia liberal funcionaba bien cuando los líderes lograban hacer dos cosas: estirar el tiempo para sincronizar las urgencias subjetivas de la población con los tiempos objetivos de la política pública y comprimir el espacio del conflicto social a una o dos dimensiones (izquierdas y derechas, por ejemplo) que lo canalizaban institucionalmente. En la nueva sociología y economía política, a los políticos el tiempo se les comprimió, ganan una elección y ya están en problemas, y el espacio social se les bifurcó, porque los conflictos emergen y se multiplican sin posibilidad de articulación. Y ante eso, los políticos sobre-prometen y polarizan, pero cuando llegan a gobernar tienen muy poca capacidad de hacer algo. Y eso también condiciona el tipo de liderazgo político que emerge: ¿quién tiene incentivos para meterse a la política hoy? Tenemos una política impotente, tóxica,que termina siendo habitada por egos muy heridos.
-¿Es un política que va cercenando derechos?
Es que muchos, en nuestras democracias, durante mucho tiempo, han sido efectivamente desprovistos de derechos que quienes tenemos el lujo de divagar sobre la democracia liberal y sus virtudes, pontificamos como inherentes a la democracia. Para entender esta crisis tenemos que hacernos cargo de las promesas incumplidas de eso que para muchos es un ideal desfondado. En las periferias de nuestras ciudades el orden y el bienestar, así como la violencia, dependen más de lo que hacen actores del crimen organizado que los agentes estatales o los liderazgos políticos.
-¿Coincide con quienes definen esta reconfiguración social y económica como una suerte de “tecnofeudalismo”?
Sí, coincido. Hay dos elementos del tecno-feudalismo que debemos aquilatar mejor. Uno son las bases materiales de la disrupción tecnológica. Estamos muy centrados en lo que pasa con la IA, con los efectos de las redes sociales en la sociedad, etc., pero en la base de todo eso están los minerales, el agua, y el capital humano cada vez más degradado, como los deliverys, que proporciona las bases para su expansión. Por otro lado, está el desafío que estas empresas le plantean a los estados, no solo en términos de su mayor poder económico, que ya es brutal. El poder del Estado no se basaba solo en el monopolio de la coerción, sino también en monopolios de información. Los censos, los catastros, etc., son herramientas de poder estatal, a través de los que se toman decisiones y se regula la vida social. El Big Tech tiene hoy mucha más información que los estados. De hecho, todos le cedemos nuestros datos gustosamente, mientras cada vez más, rechazamos al censista que llega cada 10 años. A su vez, todos los procesos de digitalización del Estado dependen hoy de tecnología provista por esas compañías. Las cámaras que la gente te pide instales en los barrios generan información que no sabemos dónde termina. ¿Cómo pueden los estados regular a estas empresas si enfrentan, cada vez más, una asimetría brutal en cuanto a cantidad y calidad de información? ¿Cómo regulas al Big Tech si mucha de la actividad económica, del empleo y del propio funcionamiento de tu administración depende de que no te bajen la llave? ¿Cómo lograr acuerdos regulatorios efectivos si los mecanismos de coordinación multi-lateral se están cayendo a raíz de las crecientes tensiones geopolíticas?
– ¿El narcotráfico forma parte de esta ‘nueva normalidad’?
Hablamos mucho del narcotráfico de los pobres porque es el más violento. Pero del narcotráfico que genera más renta y riqueza, del que te infiltra la política, el Estado y la Justicia en serio, hablamos menos. Y mucho menos hablamos de los lavadores de dinero. Repetimos que hay que seguir la ruta del dinero, pero seguimos persiguiendo lavado vía reportes de operaciones sospechosas de compra de autos o casas en efectivo. Los grandes lavadores siempre han operado en el sistema financiero internacional. Y hoy, las nuevas tecnologías han abierto un nuevo y enorme horizonte de posibilidades.
– Usted habla de recuperar el concepto “Economía Moral” como una de las salidas para la crisis que estamos viviendo.¿Qué significa?
A Smith se lo recuerda selectivamente como una figura del libre mercado. Pero escribió mucho sobre los fundamentos morales de los mercados; sobre las bases no contractuales de las transacciones económicas. En eso hay que leerlo junto a Karl Polanyi. También junto a Marx, Weber, Durkheim, Simmel. Los últimos escriben reaccionando a los efectos del quiebre de la economía moral de la sociedad feudal que se genera en el contexto de la industrialización y modernización acelerada de fines del siglo XIX . La sociedad feudal era muy desigual, pero poseía mecanismos de protección social que le proveían grados razonables de legitimidad a ese orden social. Recomponer ese orden tras la ruptura supuso el advenimiento de nuevos mecanismos como las leyes de protección laboral y la expansión de derechos sociales. La trampa de la utopía libertaria es que olvida que los mercados requieren estar empotrados institucionalmente, y que, para funcionar bien, la institucionalidad que ancla a los mercados necesita enraizamiento social. Sin eso, el conflicto y la falta de orden legítimo, así como la avaricia de quienes se benefician de las oportunidades que abren los procesos de descomposición y transición entre fases del capitalismo terminan rompiendo todo. Las crisis del capitalismo no se explican solo por desajustes entre oferta y demanda. Tienen, parafraseando a Smith, fundamentos morales porque se originan en una ruptura del orden social. Y en eso estamos.
Juan Pablo Luna es un politólogo y académico uruguayo , profesor de Ciencia Política y Titular de la Cátedra Diamond Brown en Estudios Democráticos en la Universidad McGill y profesor en la Escuela de Gobierno de la Universidad Católica de Chile. Acaba de publicar “¿Democracia muerta? Chile, América Latina y un modelo estallado”.