Un nuevo informe del USDA pone números concretos a un debate clave: cómo impactan las prácticas conservacionistas en la rentabilidad y la salud del suelo. La comparación con la experiencia argentina deja en evidencia tanto los logros como las cuentas pendientes de nuestro propio modelo productivo.

El informe “Economic Outcomes of Soil Health and Conservation Practices on U.S. Cropland”, publicado el último mes por el Servicio de Investigación Económica del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA ERS por sus siglas en ingles), analiza en profundidad el impacto económico y técnico de prácticas como la siembra directa, la labranza reducida, el manejo de nutrientes y las rotaciones de cultivos.

El estudio se basó en datos recolectados a lo largo de los últimos tres censos agrícolas mediante la encuesta ARMS (Agricultural Resource Management Survey), que relevó a más de 3.500 productores en 19 estados clave para la producción de maíz, soja, trigo y algodón, correspondientes a las campañas 2012, 2017 y 2022. A partir del análisis de costos, rendimientos e indicadores de eficiencia técnica, el USDA evaluó el impacto de las prácticas conservacionistas sobre la rentabilidad y la salud del suelo.

Según el estudio, aproximadamente el 65% del área cultivada con los cinco principales cultivos ya aplica algún tipo de laboreo conservacionista. Sin embargo, la siembra directa de manera continua y sin alternancia con otros métodos representa solo el 28 % de la superficie total. La implementación sostenida de estas prácticas sigue siendo parcial y muchas veces intermitente.

Desde el punto de vista económico, los resultados son contundentes: los productores que adoptaron siembra directa de forma continua redujeron los costos operativos en un promedio de 59 dólares por hectárea en maíz y 41 en soja.

En cuanto a los ingresos netos, se registraron mejoras promedio de 128 dólares por hectárea en maíz y 111 en soja.

Más del 85 % de los productores que adoptaron prácticas conservacionistas observaron un impacto positivo en su rentabilidad.

Además de la mejora económica, los beneficios en términos de conservación del suelo también son significativos. El estudio estima que la siembra directa puede reducir la erosión en un 93 % respecto a la labranza tradicional, mientras que la labranza reducida logra una caída del 83 %. Sin embargo, estas ventajas solo se maximizan cuando se combinan con rotaciones adecuadas y un manejo eficiente de nutrientes.

La experiencia argentina ofrece un contrapunto interesante. Desde principios de los ’90, el país adoptó la siembra directa en forma masiva, al punto de que hoy más del 90% del área agrícola se maneja bajo este sistema. Esa transición fue impulsada por la necesidad de conservar suelos frágiles, la disponibilidad de maquinaria adecuada, y el liderazgo técnico de instituciones como la Fundación Producir Conservando y AAPRESID, por nombrar algunas. En ese aspecto, Argentina ha superado ampliamente a Estados Unidos en adopción territorial.

Pero hay un punto clave en el que el modelo argentino muestra debilidades estructurales: las rotaciones. En el corazón del cinturón maicero estadounidense, los esquemas de rotación 50/50 entre soja y maíz se mantienen con regularidad, independientemente del precio de los commodities. En cambio, en la región pampeana argentina, la ausencia de políticas estables y a largo plazo sumado a la alta presión fiscal, especialmente vía retenciones, desalientan la siembra de cultivos más costosos como el maíz o el trigo. El resultado es una tendencia preocupante al monocultivo de soja en muchas zonas productivas.

Esa falta de rotaciones sostenidas tiene consecuencias agronómicas severas. No solo afecta la estructura del suelo y la disponibilidad de nutrientes, sino que también ha favorecido la expansión de malezas resistentes, lo que obliga a aplicar mayores dosis de herbicidas encareciendo los costos de producción.

Mientras que en Estados Unidos la siembra directa encuentra barreras culturales y climáticas, como la presencia de nieve y suelos fríos en primavera que dificultan su implementación continua, la planificación agronómica se sostiene gracias a políticas técnicas y económicas más previsibles.

En Argentina, la siembra directa logró imponerse como una solución tecnológica, pero sin el complemento agronómico fundamental de las rotaciones, lo que limita sus beneficios a largo plazo.

El informe del USDA refuerza una idea que la agronomía moderna ya sostiene con claridad: no hay práctica aislada que, por sí sola, asegure sustentabilidad. Las mejoras en rentabilidad y conservación solo se logran cuando la siembra directa, la fertilización, el manejo integrado y la rotación de cultivos se aplican de forma sistémica y sostenida.

Para Estados Unidos, el desafío está en ampliar la adopción completa de estas prácticas entre productores medianos y pequeños. Para Argentina, la tarea urgente es institucional: generar un marco económico y fiscal que permita al productor rotar cultivos sin penalidades, reduciendo los riesgos agronómicos de continuar con esquemas simplificados.

El informe ERR 353 no solo traza el camino de la conservación en EE.UU.; también funciona como espejo para el agro argentino. Promover sistemas más rentables, resilientes y conservacionistas dependerá, en ambos países, de alinear agronomía, política e incentivos en una misma dirección.



Fuente Clarin.com

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