Qué tarareamos cuando estamos distraídos, aburridos o nerviosos. Seguramente debe haber un estudio de alguna universidad norteamericana al respecto que lo diga mejor que yo. Así que estas son un puñadito de observaciones -de audiciones, más bien -, a la violeta. Para empezar, no todo el mundo sabe silbar, y para seguir, a menos que uno se dedique a la imitación profesional de pájaros, no queda muy bien en sociedad, largarse a silbar de la nada. Por lo general, silbar es una práctica solitaria. Además, no era una habilidad que se solía enseñar a las niñas en el pasado y menos el chiflar, que se hace juntando dedos y frunciendo la boca y sacando el aire en un momento propicio.

Silbar es un acto de soledad e implica una marca personal. De hecho, cuando lo hacemos o estamos solos o estamos ensimismados. ¿Y qué silbamos? Alguna melodía que es o fue para nosotros un chicle mental. Alguna que se nos pegó porque está de moda y suena por todas partes. A mí me sale silbar los temas de Valeria Lynch que habré escuchado en la pubertad. Mi vecina del quinto, que cree que no la oye nadie y tiene un vozarrón, tararea una especie de canción de cuna italiana que acabó por pegárseme a mí.

Algunos silbidos se hicieron famosos. Por ejemplo, el cantito y el silbido de Robert Mitchum en la película “La noche del cazador”. Se trata de un himno religioso: “Descansando en los brazos del Señor”. El predicador (Mitchum) persigue a unos niños que tienen algo escondido en el oso de peluche que llevan. Cada vez que los niños oyen la melodía, se estremecen sabiendo que él está cerca. Otro silbido famoso es el de “El puente sobre el río Kwai” de la película homónima. El Ejército Británico prisionero durante la Segunda Guerra Mundial tiene que tender un puente en Birmania. Cada vez que caminan hacia la tarea, silban esta melodía que en realidad se llama “Marcha del Coronel Bogey” pero que ellos popularizaron. Y por supuesto, el silbido por excelencia de nuestra infancia: los siete enanitos silbando “Ay, ho” mientras trabajan en las minas, en la “Blancanieves” de Disney. Otros silbidos se volvieron recuerdos siniestros, tal el del médico Josef Mengele, el Ángel de la Muerte en Auschwitz, que silbaba Mozart mientras hacía la selección de los judíos recién llegados y con un simple gesto de su fusta determinaba quién viviría y quién no.

Algunas canciones icónicas incluyen partes silbadas, como “Sentado en la bahía” de Roy Orbison o “Celoso” de John Lennon. Seguro ustedes conocen más, y verán que en todas se hace referencia a la despreocupación o al meterse para dentro de los pensamientos. Es que antes que en Occidente la práctica de la meditación llegara para quedarse, la gente silbaba. Hagan la prueba.



Fuente Clarin.com

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