
Consumir ultraprocesados es la norma en la mayoría de los hogares argentinos: representan cerca del 30% del gasto en alimentos y concentran calorías de baja calidad nutricional. Bajo la clasificación NOVA, se consideran ultraprocesados los productos con aditivos, saborizantes o endulzantes que los vuelven casi irreconocibles frente a su ingrediente original.
Pasar a comidas frescas en solo una semana mejora la sensibilidad a la insulina y reduce picos de glucemia, gracias a la ausencia de jarabes y edulcorantes artificiales.
La microbiota intestinal se diversifica; al recibir fibra real, crece la producción de ácidos grasos de cadena corta, moléculas que modulan la inflamación.
En estudios piloto de Harvard, quienes reemplazaron comidas rápidas por platos caseros bajaron la presión arterial sistólica en 4 mm Hg y el colesterol LDL en un mes.
Otro hallazgo clave: una dieta con menos del 20% de calorías ultraprocesadas redujo en 32 % la incidencia de síntomas depresivos en adultos jóvenes.
La evidencia científica vincula estos productos con una larga lista de patologías: obesidad, diabetes tipo 2, cáncer colorrectal y hasta deterioro cognitivo. En América Latina, las ventas de ultraprocesados crecieron 68 % desde 2009, paralelo al aumento de enfermedades crónicas, según la OPS.
A nivel cualitativo, los aditivos –emulsionantes, colorantes, endulzantes– alteran la barrera intestinal y provocan inflamación crónica.
Los principales problemas para la salud por consumir muchos alimentos ultraprocesados son:
Algunos ejemplos de reemplazos simples para los alimentos ultraprocesados: