
Para algunos, son solo recuerdos: fotos, videos, emociones. Para otros, es información valiosa: datos comercializables, materia prima monetizable.
Hoy, la primera imagen que una persona sube a redes suele ser una ecografía. Mamá y papá colocan la piedra fundacional de su huella digital antes del nacimiento. Al año, ese bebé ya aparece en más de 100 fotos y videos compartidos por familiares. Antes de terminar el jardín, su rutina, uniforme escolar y colegio ya son públicos.
Al llegar a la adolescencia, ese mismo niño tendrá más de 1000 fotos en línea. Cientos de personas —muchas de ellas desconocidas— sabrán qué le gusta, qué lo frustra, qué sueña.
En Instagram se comparten más de 100 millones de fotos y videos al día, 1.000 por segundo. Desde 2010, ya se han subido más de 50 mil millones. Y muchos adolescentes manejan dos cuentas: una pública y otra secreta, incluso dos dispositivos diferentes, sin que sus padres lo sepan. La duplicación de perfiles y pantallas va de la mano con una mayor exposición y pérdida de privacidad.
Las empresas recopilan mucho más que nombre, mail o fecha de nacimiento. Capturan rostros, voces, entornos, gustos, mascotas, pasatiempos… incluso hábitos íntimos o vínculos sociales. Algunas apps almacenan imágenes faciales para permitir el acceso a la plataforma. Cada vez que se usa un filtro en TikTok o Instagram, se escanean los movimientos faciales para generar una imagen hiperrealista. Otras aplicaciones piden acceso total a la galería, rastrean lugares, personas, intereses y ajustan anuncios en consecuencia.
Por eso, es fundamental que los padres y cuidadores ejerzan una supervisión activa y consciente. Establecer límites claros y abrir espacios de diálogo es una forma de defensa frente a un ecosistema que captura datos incluso antes de que sepamos hablar.
Si tu apariencia no es suficiente, algunas marcas quieren saber cómo suena tu voz. Según el Centro de Estudios en Ciberentornos y Sociedad Digital, el 65% de los padres entrega pantallas a sus hijos desde los 4-5 años, y a los 11 ya son usuarios intensivos. La privacidad parece una batalla perdida, más aún si quienes la vulneran son nuestros propios padres.
La industria de la vigilancia no distingue entre el bien y el mal, y su poder crece. Nuestra huella digital existe incluso antes de nacer y terminará definiendo quiénes somos. Para muchos, las fotos y videos son solo recuerdos, pero compartir sin conciencia puede derivar en pérdida de privacidad, acoso o suplantación de identidad. Padres y cuidadores deben repensar cómo la exposición y el uso no controlado de tecnología afectan la salud de los menores. La industria, las instituciones y el Estado deben actuar, pero mientras tanto, la familia sigue siendo el primer refugio. Hablar y escuchar es una de las pocas herramientas de prevención.
Finalmente, las aplicaciones realmente peligrosas para niños se cuentan por decenas, al igual que aquellas que utilizan secretamente, apps desconocidas por los padres, además del lenguaje secreto que los menores de edad utilizan en redes sociales para evitar la supervisión de sus padres.
Gabriel Zurdo es CEO de BTR Consulting. Especialista en ciber-seguridad.