En un contexto social y escolar donde las emociones son enseñadas a través de métodos cada vez más estandarizados, la especialista en educación Liliana Maltz, autora de Conversaciones con la ESI. Entre desencuentros y entramados de ternura (Noveduc), cuestiona al famoso “monstruo de los colores”, el “emociómetro” y otras herramientas de la llamada “educación emocional”.
En una entrevista con Clarín, Maltz -mamá del actor Santiago Korovsky, estrella de la serie División Palermo (Netflix)- desmenuza la diferencia clave entre la Educación Sexual Integral (ESI) y la educación emocional tan de moda hoy. Por qué advierte que no se trata sólo de propuestas didácticas distintas, sino que “responden a dos paradigmas y modelos de países diferentes”.
Es licenciada en ciencias de la educación y psicóloga social, y diplomada en gestión y conducción del sistema educativo, así como en ciencias sociales con mención en psicoanálisis. Es capacitadora docente de Educación Sexual Integral en Escuela de Maestros perteneciente al Ministerio de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y es asesora en distintas instituciones educativas. Antes escribió ESI. Una oportunidad para la ternura, y Vaivenes de la ternura. ESI en el nivel inicial (ambos también de Noveduc).
“La ESI es una herramienta para poder pensar en cómo vivir mejor con otros diferentes de mí”, dice Maltz. Foto Juano Tesone.ESI versus educación emocional: ¿por qué son tan distintos?
Maltz explica que ESI y educación emocional no son lo mismo: no son solo propuestas didácticas diferentes, sino que responden a dos paradigmas y modelos de país diferentes. ¿Qué quiere decir esto? Mientras que la educación emocional se enfoca principalmente en la “adaptación” de la persona al medio, buscando que las personas estén “bien” todo el tiempo –incluso generando culpa si no se logra–, la ESI apunta a ver qué del medio se puede cambiar para estar mejor.
Explica Maltz a Clarín: “Desde la educación sexual integral, no dividimos las emociones en ‘positivas’ y ‘negativas’. Por ejemplo, en situaciones conflictivas ligadas a la discriminación: si alguien se siente mal porque le dijeron ‘gordo’ -o lo que fuere-, no se trabaja en que quien está enojado y mal tenga que guardar su enojo, respirar profundamente, hacer ejercicios, y sentirse mal si no logra sentirse bien. Se trabaja el motivo que genera ese enojo y, en función de eso, variarán las estrategias, abordando la discriminación desde las ciencias sociales, la música, el arte… Pero como contenido, porque los docentes no son psicólogos: son docentes”.
Así, ejemplifica que “no es lo mismo que alguien esté enojado porque hay un problema vincular o alguien lo discrimine, alguien que esté enojado porque sufre una situación de vulneración de derechos en su casa, o alguien que está enojado porque perdió una apuesta online; en todo caso, se trabajará sobre -por ejemplo- ¿por qué se apuesta, qué mandato hay de enriquecernos fácilmente? ¡Discutamos eso! No que, como me enojé porque perdí una apuesta, entonces tengo que respirar bien para no estar enojado”.
El monstruo de los colores y el emociómetro: ¿es posible “encerrar” una emoción?
El monstruo de los colores es un libro infantil creado por la autora e ilustradora Anna Llenas en 2012. El protagonista es un monstruo que siente emociones confusas y mezcladas, y enseña a los niños a identificarlas y ordenarlas por colores diferentes (por ejemplo, la alegría es amarilla, la tristeza es azul). Cada color representa una emoción, que el monstruo “ordena” en frascos para poder gestionarlos.
– Mencionás el libro El monstruo de los colores, así como los frascos donde se “encierran” los sentimientos, o el “rincón del enojo”. ¿Hay una intención de universalización de los sentimientos?
– El monstruo de los colores es casi la Biblia en muchísimos jardines, y no solo en la Argentina. Naturalizamos que alguien le diga al monstruo que está mal que las emociones estén mezcladas y que, para que funcionen, tienen que estar ordenadas y separadas en frascos (esa es la metáfora del cuento). En la vida tenemos emociones confusas todo el tiempo, y a veces ni tenemos muy claro qué es lo que sentimos.
Un ejemplo: después de la pandemia, volvimos a las escuelas con alegría y mucho miedo al mismo tiempo: nunca en la vida tenemos las emociones ordenadas y separadas para que funcionen.
– ¿Por qué “el monstruo de los colores” se hizo tan popular?
– Creo que tiene un arraigo tan fuerte porque, frente a la complejidad y la incertidumbre de los tiempos que vivimos, cuando hay una propuesta que te dice “si hacés esto y esto, te garantizo que los chicos van a estar bien”, entiendo que las docentes digan “quiero el monstruo de los colores, quiero llevar el emociómetro al jardín para que midan las emociones, pongo cajitas en el rincón del enojo para que lo guarden”, con la expectativa de que esto va a funcionar y el grupo va a estar bien.
Y frente a la ESI que dice “pensemos situado, en función del grupo, la situación y el contexto. Puede andar, pero quizás no ande”. ¿Qué vas a comprar?
– ¿Y cuál es el riesgo de esto?
– Hay un mandato de época que nos insta a ‘ser felices’ todo el tiempo. La tristeza enseguida es depresión, te medican… Y uno está angustiado porque está angustiado. Esto no nos pasa todo el tiempo, a todos, independientemente de ser docentes.
No nos damos cuenta cómo el mercado regula estos afectos: hay que estar bien, contentos, productivos. Y creo que la educación sexual integral nos presta las lentes para abrir una pregunta: ¿y qué pasa si estoy triste, más allá del tiempo que el reloj dice que hay que estar triste? ¿Y qué pasa si estoy con bronca? ¿Y qué pasa si no sé cómo me siento?
Me parece que debemos darnos permiso para pensar esto y no encontrar una respuesta, o una receta, o un medicamento para todo. Por eso digo que la ESI y la educación emocional son dos proyectos diferentes de persona, de educación, de cómo tramitamos la vida.
En un contexto donde “estamos empezando a acostumbrarnos a ver la crueldad como manera de de vincularnos”, la autora considera “importante poner la la ternura en valor”. Foto: Juano Tesone.El mandato de época: ser feliz
“Me parece interesante entender que la educación emocional nos responsabiliza individualmente por todo: somos responsables si estamos mal y no somos lo suficientemente positivos; somos responsables si no entendemos lo que sentimos… Debemos entender que hay cuestiones que son propias de la época; esto no significa que no hay nada para hacer, pero hay que reconocer qué es lo posible en cada situación”.
En esa línea, también menciona que no cree que haya recursos ‘buenos’ y ‘malos’ en sí mismos, y que es posible resignificarlos y cuestionarlos: “Puedo jugar con el monstruo y decirle ‘para el monstruo, éstos son los colores. Para vos, ¿qué color representa la alegría o la tristeza? O ¿qué pasa si los mezclamos?’ Podemos intervenir, el asunto es cuando lo tomamos como un mandato: esta es la alegría, se siente de tal manera y se pinta de tal color”.
Correrse de las fórmulas estandarizadas, el verdadero desafío
Liliana insiste en la importancia de sumar propuestas no enlatadas ni esencialistas, como por ejemplo, preguntarnos qué pasaría si mezclamos los colores/emociones, como el miedo y la alegría. ¿Cómo superar esto, en momentos en los que no hay tiempo para nada? “Es un desafío, pero es un ejercicio que es imposible hacer en soledad: es clave compartir experiencias y pensar con otros”, opina la especialista.
El libro, de hecho, está estructurado a través de conversaciones y cartas con anécdotas y reflexiones que la autora mantiene con la ESI, quien toma la palabra para responderle y dialogar. Allí, la ESI reflexiona, sobre ella misma y sobre su contexto.
“Me gustó personificar a la educación sexual integral porque quiero que la ESI no sea un conjunto de leyes, normas y estatutos, sino hacerla más humana y ambivalente, que piensa y reflexiona, que cuestiona y no tiene todo cerrado y ordenadito. Por eso hablo de dar tiempos, no imponer, abrir preguntas, cuestionar, empatizar. Porque no quiero que esto se transforme en un nuevo mandato o bajada de línea. En esa clave quise transmitir la posibilidad de conversar con ella”.