
Vivimos corriendo. Corremos incluso si no sabemos bien hacia dónde vamos. Pilotos en una carrera de productividad extendida, de obligaciones múltiples, de exceso de información y estímulos, nos autoimponemos una meta implacable: rendir más y mejor.
Byung-Chul Han lo advierte: habitamos sociedades de rendimiento. Y la educación familiar no escapa a estas lógicas. Madres y padres sentimos la presión de demostrar que estamos a la altura de las demandas colectivas, como si todos fuéramos iguales y existiera una única vara para medir el desempeño parental. Porque cuantificar también es un imperativo de época.
Los investigadores británicos Thomas Curran y Andrew Hill confirman que el perfeccionismo es tendencia y que impacta en las prácticas parentales. En un doble movimiento: se intensifican las expectativas de los padres hacia sus hijos y, a su vez, los requerimientos del plexo social hacia quienes ejercen esa parentalidad. Los autores advierten que nuestras experiencias cotidianas están cruzadas por las diferentes formas que este perfeccionismo asume -autoorientado, socialmente prescripto y orientado hacia otros- y que han aumentado de manera sostenida en las últimas décadas.
Parece ser que, por este fenómeno, madres y padres se ven empujados a adoptar estilos de crianza más ansiosos y demandantes. Y es bastante evidente que el perfeccionismo juvenil se presenta como una respuesta adaptativa a estos entornos crecientemente exigentes: un sistema que se retroalimenta. En este escenario, tampoco es azaroso el hecho de que algunos padres terminen por considerar propios los éxitos y fracasos de sus hijos.
Las sociedades contemporáneas amplifican las debilidades, las señalan con el dedo, las exacerban en el marco de este ideal de excelencia instalado, de este deseo irreflexivo por alcanzar los estándares impuestos. Como contracara, la indefensión y la desesperanza minan la salud mental de quienes piensan que no dan la talla, por encontrarse expuestos a una sobreexigencia permanente y a la necesidad de revalidar sus acciones. De quienes, como figuras parentales, se doblegan ante la tiranía de la propia performance.
¿Estamos complejizando la parentalidad por demás? ¿Tenemos que saberlo todo de antemano? ¿O se trata -como siempre se trató- de un camino que se recorre junto a los hijos, que reedita tradiciones y ensaya formas nuevas que nos deparan aprendizajes comunes?
Está claro que lo anterior no emerge de modo espontáneo. Son procesos desplegados en un tiempo signado por la percepción de riesgo. No sorprende que detrás de este telón se reproduzcan sentimientos de culpa e incapacidad en adultos infoxicados, sobregirados, multiconectados.
No es casual que la hiperparentalidad gane terreno, que se intente cubrir todos los frentes, planificar cada minuto y acabar modelando esa desmesura ante los hijos, en un contexto que no prioriza formar, sino optimizar. Y el resultado es un estrés generalizado que cala hondo, porque el precepto de la superación constante deriva en insatisfacción existencial. Porque hemos transferido a la parentalidad la misma racionalidad que nos aliena en otros órdenes de la vida: la búsqueda del control, de la eficiencia, de la utilidad.
La buena noticia es que podemos hacerlo distinto. Desde nuestro microespacio somos capaces de promover iniciativas contracorriente, y este reconocimiento es el punto de partida necesario para la transformación. Para despegarnos del mandato de la perfección y las métricas del deber ser, y atrevernos a construir vínculos más humanos.
Mariángeles Castro Sánchez es Doctora en Comunicación Social. Directora de la Licenciatura en Orientación Familiar, Universidad Austral.