
Durante siglos los hogares nuevos se construyeron sobre las ruinas, el legado o el recuerdo de los anteriores. En tiempos en que los ajuares eran pocos e indispensables, muebles y utensilios podían heredarse o trasladarse de un hogar a otro. Ollas, cuchillos, mantas y mesas podían usarse de generación en generación, y aún de casa en casa.
Algo de eso perdura, aún en estos tiempos inquietos, de mudanzas livianas y constantes. Los objetos se trasladan de casa en casa, de tiempo en tiempo, dándole a los lugares un sabor de hogar, de permanencia.
Así, no es raro encontrar en una casa nueva algún objeto de algún modo santificado por el paso del tiempo, exhibido con reverencia de dioses lares. Una vajilla, un juego de té, un candelabro.
A veces se disimula su condición sacra remarcando su valor, digo su precio, como si esto fuera lo relevante. En realidad, en los mejores casos y hasta a pesar de quien lo exhibe, lo que el objeto señala es otra cosa; señala un pasado que nos excede como individuos, pero que de algún modo secreto nos explica.
Pero no me refiero a esos objetos ornamentales. Pienso en enseres más humildes, a los que no prestamos atención.
Cada hogar se conforma de innumerables objetos, que le dan identidad y aroma. Así, y sin ningún esfuerzo, cada uno de nosotros podría describir los cubiertos de diario de la casa de sus padres, la taza en la que los abuelos servían el café con leche o el plato en el que ponían las tostadas con manteca. Así hasta el infinito, hasta el detalle de las perchas de un ropero antiguo, el olor de un costurero o la luz de una lámpara, como si aun nos iluminara.
Es cierto, en nuestras generaciones nos hemos mudado de casas, de ciudades y continentes. Abandonando en cada mudanza aquello que no podemos llevar en maletas apresuradas. Nos acostumbramos a no dejar nada detrás nuestro, a no llevar nada al nuevo destino.
Sin embargo, a veces, sin percatarnos de lo que hemos hecho, sin valorar lo que hicimos, seguimos llevando algo con nosotros, algunos objetos pequeños y sin valor, apenas funcionales, que nos acompañan casi en silencio. O los volvemos a encontrar casi sin haberlos echado en falta en otro lugar, en otra casa, casi con otra identidad y otra vida a cuestas.
Objetos que a veces quedan sueltos, inconexos del conjunto en que se esconden. Y de repente se nos presentan con toda su historia, con la sombra de quienes fuimos y aún de quienes nos precedieron.
Unas tijeras que todavía resuenan en nuestros oídos cuando nuestra madre cortaba unas telas con ellas, una cuchara que fue sostenida por otra manos, alimentaron otras bocas ya invisibles, pero que se nos presentan a sonreírnos otra vez, al abrir el cajón cotidiano de los cubiertos.