Eduardo Mangiarotti tiene 46 años, es sacerdote diosesano desde hace casi dos décadas y hace tres años que está a cargo de la parroquia San Gabriel de la Dolorosa, en Vicente López. Además de su labor pastoral, en plena pandemia decidió abrir un espacio distinto, un taller de espiritualidad llamado La Brújula, que también le dio nombre a su podcast. “Nació medio por pura casualidad”, recuerda sonriente. Y detrás de esa causa el efecto es una comunidad que hoy, cinco años después, sigue creciendo.

“La Brújula, como un montón de cosas en mi vida, nació medio de pura casualidad”, cuenta el padre Edu, como lo llama la mayoría. En esos días de “vivos infinitos y talleres online de todo”, un amigo le pidió que armara algo para “gente grande que está replanteándose cosas de la fe”. Así empezó como un pequeño taller sobre la fe, la esperanza y la caridad, y pronto se fue ampliando. “Después de eso se conecto muchísima gente, no solo gente grande, sino también muchísimos jóvenes. Propusieron hacer otro, hicimos uno sobre oración, y así fue tomando forma”.

El formato fue clave. “Me parecía interesante que nadie sintiera que era un curso de seis meses o un año. Y así hasta el día de hoy continúa, ahora en septiembre el taller va a cumplir cinco años”, comenta con humildad a pesar de los 16 mil seguidores que tiene en su cuenta de Instagram, @edumangia.

-Antes de La Brújula, ¿qué relación tienes con el mundo digital y las redes?

-Siempre tuve mucha atracción por todo lo que tenga que ver con la comunicación. Comencé a usar instagram en 2012, y en ese tiempo empecé a estudiar fotografía, así que posteaba algunas fotos y textos.

-¿Qué te sorprendió más de la respuesta de la gente?

-Lo que más me sorprende es que venga la gente. Todos los meses se anotan muchísimas personas, muchas lo hacen asincrónicamente, otras en vivo. Hay gente creyente, no creyente, católica, de otras iglesias cristianas. Realmente de todo. Y lo que más me sorprende es esta búsqueda de espiritualidad muy fuerte y, por otro lado, una necesidad de comunidad. El taller busca que haya algún tipo de compartida, y eso le da un tinte comunitario, aunque sea chiquito. Y eso me alegra un montón.

-¿Cómo recibió tu comunidad parroquial o la diócesis esta apuesta online?

-No son mundos que se superpongan del todo. La gente se entera porque alguien me sigue en instagram o porque alguien lo comenta, pero no es algo que publique mi parroquia. Igual, toda la gente que se entera lo disfruta.

-¿Cómo lográs equilibrar la profundidad de la fe con el lenguaje breve que exigen las redes?

-Creo que la profundidad no se riñe con la simplicidad. Hay algo en lo popular que siempre va por ese lado. A veces hay una cosa un poco snob de pensar que para ser profundo tenes que ser muy sofisticado. Yo intento acercarme más a lo literario, sobre todo a las expresiones más sencillas, la poesía, ciertas formas de narrativa, eso me ayudó a encontrar un lenguaje que llegue. Evito lo de demasiado técnico o académico, aunque trato de estar bien fundamentado desde lo teológico y lo espiritual.

-¿Te sentís un “influencer espiritual”?

-¡No, me parece un montón! Influencers son gente con plataformas mucho más grandes que la mía. Tengo amigos influencers del mundo espiritual, católico, holístico o esotérico y siento que mi plataforma es más chiquita.

-¿Y cómo te llevás con todo lo holístico y esotérico?

Se trata de sentarse y conversar, buscando puntos en común y respetando lo que pueda haber de diferente. Hay mucho en común en la búsqueda de una experiencia espiritual, en mirar la espiritualidad de manera más integral. Hay gente de ese mundo que también viene a charlar a la parroquia y para mí es un espacio de diálogo muy enriquecedor.

-¿Sentiste algún tipo de resistencia para con las redes?

-Nunca sentí resistencia, porque tampoco lo vivo como algo tan estratégico. Voy haciendo lo que puedo y lo que quiero también. Me gusta cuidar lo estético porque siempre fui medio perfeccionista, pero estoy lejos de tener todo recontra pensado como en otras páginas.

-¿La Brújula cambió tu manera de ser sacerdote?

-No sé si lo transformó, pero sí me dio un espacio para algo que me gusta mucho: conversar con gente que no es de iglesia. Me escribe gente de todo tipo, y eso me gusta. Siempre intento que las cosas vayan, en la medida de lo posible, a lo presencial y a lo personal.

A cinco años de aquel taller nacido por la casualidad de una necesidad, Eduardo sigue apostando a un camino de diálogo y profundidad sencilla: “Compartir algunas experiencias, a veces mías, a veces de otros, pero siempre desde lo personal, ayuda a conectar”, resume. Y esa brújula, por ahora, sigue marcando el norte.



Fuente Clarin.com

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