
La frase que James Carville -el estratega que llevó en 1992 a Bill Clinton a la Casa Blanca- escribió en un pizarrón de la sede demócrata en Little Rock, Arkansas, ya es un cliché, repetido en cada elección: “La economía, estúpido”. No por ello deja de ser cierta.
Como otro enunciado que Carville anotó ese día en primer lugar, pero que no tuvo tanta trascendencia: “Cambio contra más de lo mismo”.
Hoy, 33 años después, valen como reglas universales a la hora de apelar a un electorado. Sirven a izquierda y a derecha. Tanto, que parecen las grandes verdades a las que apostó Javier Milei en 2023 y a las que apostará en 2025.
¿O no es cambio contra más de lo mismo la denuncia de una casta? ¿O no es la economía, estúpido, la promesa de una dolarización?
El Presidente deja trascender en sus diálogos con periodistas amigos que ahora irá por variantes de aquellos eslóganes. Que se juega por llegar a los 45 puntos en octubre, 10 arriba de la oposición, montado en dos caballitos de batalla: la economía ordenada y la batalla cultural.
Sobre lo primero, arranca en la baja de la inflación y sigue con el crecimiento, al que estima en 5,8% en el primer trimestre y en 7,6% en el segundo. “El salario promedio, medido en dólares, pasó de 300 a más de 1000” y “Gracias a la baja de inflación, la apreciación del peso y el orden macro, más de 10 millones de argentinos pudieron salir de la pobreza”, argumenta sin repreguntas.
Las dudas -nula acumulación de reservas, desequilibrio externo, el deterioro de la capacidad de compra de amplios sectores- quedan para los especialistas.
Sobre lo segundo, se apoya en la debilidad ajena más que en la fortaleza propia. El oficialismo no dejará olvidar la prisión por corrupción de Cristina Kirchner, el fallo de la jueza Preska sobre YPF que refresca la mala praxis K (de Kirchner y de Kicillof) e incluso la causa que investiga la muerte de 52 personas por el fentanilo producido por un laboratorio con dueños ricos en contactos con el kirchnerismo.
Lo demás es terreno resbaladizo.
Arrancando con los escándalos propios, como el Caso $Libra o las valijas que no se controlaron -y que aún se ignora qué contenían- que venían desde Estados Unidos en un avión de Leonardo Scatturice, peculiar personaje muy cercano al mileísmo.
Y siguiendo con la vidriosa guerra cultural, que entusiasma a los libertarios más fanáticos -incluido Milei- pero de dudoso resultado. Es cierto que los propios gozan con cada insulto, cada destrato y cada ida al barro. Y que otros tantos jamás aceptarán las ideas violetas aunque vengan envueltas con los modales del Palacio de Buckingham.
Pero hay un electorado que apoya la marcha hacia una economía racional que a su vez indique un futuro cierto al país que no comulga con ese aspecto místico, extremista, pseudo medieval de la ideología oficialista.
Que puede apoyar por un rato –“después de todo, los anteriores tampoco eran muy amables”, pensarán- pero cuyos valores quedan lejos de tanto oscurantismo.
Ese fanatismo exacerbado es probablemente el mayor riesgo que corre Milei, porque aun con ese 45% con el que sueña, no podrá encarar en soledad los cambios que quedan pendientes. No tendrá los números en el Congreso.
Como debe haber aprendido en sus clases de Lógica o de Matemáticas, el triunfo en octubre es para Milei una condición necesaria. Pero no suficiente.