
En tiempos de discursos polarizados y memorias encapsuladas, un ciclo de debates inspirado en La llamada, el multipremiado libro de Leila Guerriero, buscó reabrir la discusión sobre los años ’70 con voces diversas y una apuesta por la deliberación colectiva.
Motivados por las múltiples capas de reflexión que propone el libro, impulsamos durante 2024 un ciclo de encuentros para debatir los años setenta. En el nuevo escenario político, marcado por la llegada de Javier Milei y Victoria Villarruel al poder, nos pareció urgente abrir un espacio de deliberación amplia y plural sobre la memoria de los setenta y su trasmisión en el presente.
El ciclo se estructuró alrededor del libro como soporte, pero su espíritu fue mucho más allá. Convocamos a setenta invitados e invitadas de las más diversas trayectorias: familiares de víctimas del terrorismo de Estado, militantes libertarios, exfuncionarios macristas, dirigentes de derechos humanos, familiares de víctimas de la guerrilla, exfuncionarios kirchneristas, estudiantes secundarios, jóvenes sub-30 con fuerte compromiso político, intelectuales públicos y militantes que protagonizaron la década del 70.
La amplitud político-ideológica y la diversidad generacional no fueron sólo un gesto simbólico: fueron el corazón del ciclo. El éxito del libro y el compromiso de los participantes con el ciclo confirmaron que hay un deseo colectivo de hablar sobre el pasado reciente sin fórmulas rígidas ni relatos cerrados.
El libro de Guerriero restituye de forma compleja y valiente la trayectoria de Silvia Labayru, sobreviviente de la ESMA, militante de Montoneros, exiliada, testigo en juicios de lesa humanidad y protagonista de varias políticas de memoria. Es una invitación —incómoda y necesaria— a revisar los modos en que narramos el pasado, a poner en tensión las memorias cristalizadas, a desmontar dicotomías que no hacen justicia a la densidad de las experiencias vividas.
El mayor mérito de La llamada es precisamente ese: habilitar la deliberación ciudadana sobre un pasado que, aunque conocido, permanece en muchos casos encapsulado en zonas de confort discursivo generando, paradójicamente, olvido. Con coraje, Guerriero derriba tabúes y sacralidades, eludiendo la trampa de impugnar moralmente a aquellos cuyas experiencias se desmarcan de la memoria emblemática.
La autora no pretende ofrecer una tesis ni erigirse en árbitro de la historia. Su gesto es otro: exponer tensiones, mostrar aristas, amplificar voces que, desde adentro de la experiencia, desacomodan.
No sorprende que el libro haya generado polémica. Lo saludable es que así sea. Pero una parte de las críticas públicas parecen más interesadas en cuestionar detalles superficiales —la ropa, la belleza, la pertenencia de clase— que en discutir el fondo de la propuesta. Dichos críticos parecen asumirse como guardianes del templo de la memoria al privilegiar mantener intactos sus lugares comunes, sus tabúes y pretender, como advirtió el historiador Rubén Chababo, clausurar el debate académico y político en torno al pasado.
Como si la memoria pudiera administrarse desde una única voz legítima. Como si el disenso fuera una amenaza, y no una herramienta democrática. Frente a ese gesto, creemos que tanto el libro como el momento político actual exige lo contrario: una memoria viva, no fosilizada; una memoria que no sea objeto sagrado de culto, sino materia de discusión colectiva.
No hay democracia sin memoria. Pero tampoco hay memoria sin conflicto. Contra las narrativas cerradas, entendemos que la memoria debe ser un territorio vivo, abierto al debate. Abrir un espacio a la deliberación pública, tensar los consensos, revisar las certezas: eso es también una forma de cuidar lo conquistado. Y quizás sea, hoy más que nunca, una manera de imaginar un futuro para la memoria.
Virginia Vecchioli es doctora en antropología social. Trabaja en la Universidad Federal de Santa María (UFSM).Sabina Frederic es doctora en Antropología Social, profesora-investigadora (UNQ-Conicet) y exministra de Seguridad de la Nación.
*Colaboraron en esta nota, también Alon Kelmeszes, politólogo (UBA) y Tomás Fabricante, consultor y analista político