Mientras numerosos analistas hacen foco en la actualidad lo más cerca que pueden para desmenuzarla y comprenderla, el italiano Andrea Rizzi prefiere tomar distancia y hacer un “zoom out”. Rizzi, corresponsal de Asuntos Globales del diario español El País, lo define así: “Es un zoom out, una mirada periscópica que intenta explicar las grandes corrientes que plasman el mundo contemporáneo, ofreciendo el contexto y las conexiones, con una fuerte aspiración explicativa e interpretativa”.

-El título de su ensayo es “La era de la revancha”. El término “revancha” alude a la idea de venganza y también a la de una nueva oportunidad. ¿Por qué eligió hablar de revancha?

-Elijo la palabra revancha porque es portadora de múltiples sentidos. Es un vocablo que permite transmitir varias ideas a la vez, algunas de las cuales son las que has manifestado, pero también hay una que para mí es importante y decisiva y es la conexión con el concepto de revanchismo francés: esa idea política que brota en el siglo XIX, sustancialmente, que es una idea que tiene que ver con la voluntad de recuperar territorios sobre la base del nacionalismo.

-Vivimos un tiempo en el que el valor identitario del nacionalismo se volvió nocivo. ¿En qué momento el gen nacionalista muta y se transforma en una célula maligna?

-Para interpretar el devenir del nacionalismo hay que tener en cuenta dos claves, una cultural y otra material. Para utilizar la metáfora que acabás de subrayar, el punto en el que los nacionalismos se convierten en células cancerígenas, normalmente, es el momento en el que hay elementos materiales en la vida de una sociedad que inducen esa evolución tóxica. Si miramos la historia reciente, por ejemplo, en España, el nacionalismo catalán se torna separatista tóxico en la medida en que empieza a no respetar normas comunes de la sociedad española. Fue en un momento de grave dificultad económica, como fue la crisis de 2008 y con un añadido particular de casos de corrupción del partido históricamente dominante. Entonces, hay factores materiales que inducen una mutación de la interpretación del nacionalismo: un sentimiento identitario que no necesariamente tiene que ser tóxico, acaba siendo excluyente, ácido, corrosivo. Como en la Alemania de los años ’30, en medio de una fortísima crisis económica, o la Italia de los años ’20.

-Europa, que después de dos guerras mundiales se sintió el continente más resiliente, ahora se da cuenta de que no cuenta con los recursos energéticos ni tecnológicos suficientes para defenderse. ¿Subestimó a las potencias orientales que hoy quieren cancelar la supremacía occidental o fue ingenua?

-Europa no está absolutamente preparada para este nuevo mundo que se va configurando y no lo está por una mezcla de factores. Has mencionado la ingenuidad, es posible. Pero pienso que se debe al dominio de intereses cortoplacistas, y a veces mezquinos, que han dirigido las decisiones de los líderes europeos a lo largo de las últimas décadas. Es evidente la conexión energética que algunos países de Europa han mantenido con el gas barato de Rusia. Y la completa desatención de la gran mayoría de los países europeos a la defensa después de la caída del mundo de Berlín. Pero lo ha sido también la manera de interpretar las relaciones económicas y comerciales con China: saquemos partido al gran mercado chino ahora mismo, aunque a medio y largo plazo podamos vernos después en la situación de dependencia tecnológica peligrosa en distintos ámbitos.

-¿Qué podría suceder con el estado de bienestar europeo si estuvo construido sobre decisiones cortoplacistas?

-Ese estado de bienestar es una catedral admirable del desarrollo humano. Creo que no ha habido en la historia una edificación que haya sabido conjugar prosperidad, cohesión social, libertad, cultura, tal y como lo han conseguido países europeos en las últimas décadas. Ahora bien, es cierto, como lo señalás, que algunos de ellos fueron, digamos, tomados en préstamos de un futuro que en cambio necesitaba ese pilar para otras cosas, lo cual no significa que todo el edificio descansara sobre aquello, pero sí que se ha podido extender de una manera que no habría sido igual si hubiésemos dirigido recursos a otras cosas como era necesario. Y ahora nos vemos en la encrucijada de tener que tratar de sostener esta admirable catedral quitando algún pilar de ella. Es condición necesaria lograr mantener un perímetro aceptable de cohesión social para cumplir con el objetivo de esa adecuación geopolítica de Europa hoy.

-Recientemente, en Murcia, el ataque a un vecino por parte de un inmigrante desató una “cacería” a los magrebíes que viven en la zona por parte de grupos xenófobos ultra. ¿La cohesión social ha sido dinamitada como parte de una estrategia o es un efecto colateral de la realidad que se vive hoy?

-Se ha ido incubando un fuerte malestar en las sociedades democráticas, un malestar social en las clases populares, que ha alimentado un resentimiento hacia los partidos políticos que construyeron el sistema de las últimas décadas. En general, ha habido una insatisfacción con modelos que no han producido resultados satisfactorios o que saciaran las expectativas de la gente. Y ese resentimiento ha sido utilizado por parte de figuras que se presentan como outsiders de aquel sistema anterior y que plantean recetas de arreglo radical, fuera de la ortodoxia, para responder a esos malestares. Y hay ahí una paradoja que se produce gracias a ciertos mecanismos de hipnosis de la colectividad.

-Es interesante el concepto de hipnosis porque, en realidad, son sociedades que votan desesperadas y desencantadas pero que se terminan aferrando a estas nuevas opciones radicales mesiánicas que las excluyen…

-La polarización emocional es una de las herramientas utilizadas para producir la hipnosis. Puede parecer contradictorio el concepto de polarización emocional, que remite a imágenes de movilización de cuerpos y almas, con el de hipnosis, pero creo que no son para nada antagónicos. Al contrario, la una es instrumental a la otra porque la polarización emocional produce la hipnosis de la racionalidad.

-Si las sociedades votan con la lucidez hipnotizada, ¿cuán legítima es esa democracia?

-Las democracias están resultando gravemente afectadas pero esto no significa que podamos emitir un juicio maniqueo en el sentido que entonces no hay legitimidad política. En varios casos, ha sido posible el viaje a la inversa, como prueba de que había habido una intoxicación de los procesos, pero no una alteración genética definitiva del sistema político. En Polonia pudo ser desalojado del poder un gobierno ultraconservador. En Brasil, lo mismo. El primer (gobierno de) Trump fue desalojado del poder. Los países tienen movimientos pendulares que demuestran que permanece una vitalidad democrática, pero no podemos darla por asegurada y en algunos casos me parece que ésta se ha ido esfumando. Probablemente la Hungría contemporánea está casi a punto de superar de forma definitiva el umbral democrático.

-¿Se puede hablar de postdemocracia?

-Es una pregunta interesante. Sin duda estoy de acuerdo con algo que implica este concepto, es decir, que las democracias entran en una nueva fase. No estoy seguro de si la definiría como postdemocracia, porque postdemocracia implica al menos dos cosas. Una, que es la superación definitiva de la democracia. En cambio creo que en muchos casos estamos en una nueva fase del largo y accidentado camino de la democracia. Pero la historia de la democracia, desde la antigua Grecia, es una historia de constantes evoluciones genéticas con distintos desafíos internos y externos.

Señas particulares

Andrea Rizzi nació en Roma pero vive en Madrid, desde donde analiza el mundo para el diario El País. Fue editor jefe de la sección Internacional y subdirector de las páginas de Opinión. Desde hace un tiempo se encarga “de enhebrar una narrativa global por encima de las fronteras geográficas”. “La era de la revancha”, publicado por Anagrama, es su primer ensayo.



Fuente Clarin.com

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