
Uno de los encantos imbatibles del libro de papel es allanar una ceremonia de intimidad entre escritores y lectores: puede ser dedicado y personalizado por ese contacto, para delicia de los fetichistas. Las ferias son ocasiones inmejorables y de esos encuentros surgen situaciones curiosas que alimentan el anecdotario de unos y otros.
La 84ª Feria del Libro de Madrid, que cerró el 15 de junio en el Retiro, dejó un detrás de escena suculento. No olvidará seguramente Enrique Vila-Matas, que la mañana del segundo sábado, mientras compartía con los demás integrantes de la caseta 317 el spray de “bruma refrescante” con la que su editorial evita que los autores desfallezcan ante el calor del parque, un lector hizo tres veces la fila, camuflado para llegar a él (con gorra, sin ella y con anteojos oscuros), como culposo por hacerle firmar todo de golpe, sacando de su bolsa un título distinto en cada ocasión. No sería extraño que el autor de Canon de cámara oscura convirtiera la persistencia de su fan en parte una novela.
Sabemos ahora que Rosa Montero elabora dedicatorias artesanales, moteadas por stickers y halaga al destinatario con un juguete miniatura de regalo (una “ratita de la suerte” este año; dinosaurios, el pasado). Que Javier Cercas, que arrasa con El loco de Dios en el fin del mundo, se pone de pie dos veces para estrechar la mano de quien llega —al recibirlo y al despedirlo— y que es proclive a incluir en la dedicatoria a los acompañantes: “Te lo dedico con mucho gusto, Ana, pero si él es tu marido, ¿lo sumo, no?”
Milena Busquets se entusiasma largo: puede conversar 3, 4 minutos con cada uno, algo que hace que la fila crezca, mientras los que se restan tienen la ilusión de gozar a su turno del mismo mimo de la autora de La dulce existencia. La ecuatoriana María Fernanda Ampuero firma sus libros (Visceral, Pelea de gallos, Sacrificios humanos), pero también recomienda los de otros: “Ese es muy bueno. Verás que uno de los blurbs de la faja es mío. Llévatelo sin dudar”.
Claudia Piñeiro presentó La muerte ajena y recogió afecto por otros títulos que la afianzan en el mercado español (“Catedrales me encantó. No pude soltarlo hasta el final”), como prueba de que un vínculo se teje en el tiempo.
El caso más singular quizá sea el del poeta Luis García Montero, autor entre otros de Completamente viernes, a quien más allá de dedicar sus libros, le piden que firme los de su mujer, Almudena Grandes (1960-2021), una de las escritoras más queridas de Madrid, que se fue demasiado pronto.