
Pape Satán!pape Satán aleppe! grita Pluto, el Dios griego de la riqueza, en la entrada del VII círculo del infierno de la Divina Comedia, el de los avaros y los despilfarradores. Palabras sin significado cargadas de rabia. Una lengua inhumana para una humanidad degradada. Un mundo punk, furioso y peligroso que coquetea con el abismo, como ahora.
El Gobierno dice estar llevando adelante una batalla cultural sin precedentes en la historia contemporánea argentina. Sus opositores retrucan que estamos viviendo un proceso de degradación social sin precedentes. Fuego cruzado entre los unos y los otros. La gran familia oficialista, como la historia política argentina exige, va sumando las voluntades , de viejos rivales, hoy devenidos en fieles servidores.
Es difícil no refugiarse en un espacio donde nadie te pregunta de dónde venís sino simplemente qué estás dispuesto a hacer por la causa, sobre todo para los que solo saben vivir de los privilegios de la política. Más fácil es cambiar de bando que competir con las leyes del mercado. El ataque a periodistas, artistas,universidades, es el resultado de una batalla cultural que se inició hace décadas, de la que este gobierno y sus groupies son la consecuencia, no la causa.
Hace demasiado tiempo que los conceptos vienen siendo vaciados de contenidos por los representantes de la civilización, sumergidos entre abstracciones ideológicas y slogans de campaña, cada vez más indiferentes a las brutales mutaciones del lenguaje de a pie, ajenos a la urgencia de quienes se iban quedando en el camino, con una terquedad que huele a soberbia.
La revolución cultural es algo que no está al alcance de nuestros influencers políticos, socioculturales y tecno empresariales. Pero es indudable que fueron los únicos que han interpretado y querido escuchar el grito desesperado de los olvidados. Por eso fueron votados y legitimados. En Doctor Faustus, Thomas Mann escribía: la cultura es un fenómeno históricamente transitorio; puede perderse en cualquier otra cosa;el futuro no le pertenece necesariamente
Maquiavelo pensaba que la cultura y la religión habían debilitado Italia hasta conducirla a la nada. Dostoievski en “memorias del subsuelo” insinúa que los intelectuales son incapaces de hacer funcionar al mundo porque para cada situación tienen demasiadas conjeturas.
Finalizada la primera Guerra Mundial, mientras los imperios se derrumbaban y los pueblos se esforzaban por agruparse en nuevas naciones, con la doble exigencia de adecuar el pasado a la necesidad de una épica que justifique la existencia de una nueva nación y la de crear una noción de pertenencia hacia el futuro, no fue de la cultura ,sino de las reglas y los valores de los deportes que iban naciendo en simultáneo, a los que se aferraron los nuevos lideres para forjar el carácter y la identidad de los ciudadanos de las naciones nacientes .La cultura no es un dogma. Para volver a conectar con el presente perdido, debe cambiar su eje de coordenadas. Abandonar la centralidad de las palabras, cuyo reino como decía Betariz Sarlo, fue muy breve y regresar a las imágenes.
Una selfie argentina ¿se parecería a una fotografía de Marcos López, entre el sub-realismo criollo y el pop latino? y si le damos play ¿veríamos “La naranja mecánica” de Kubrick?. Recurrir a la descarnada lucidez de Winston Churchill. no ayuda. Prescripto el humor, ni el eco de Tato Bores nos llega.
Quizás el ojo delator de hipocresías de Oliviero Toscani (el fotógrafo de las campañas de Benetton) serviría. Este es el desenlace de una involución cultural que arrancó hace más de veinte años. Quizás nos volvimos tan adictos al horror que lo necesitamos. Esto no es una batalla cultural, es simplemente otra sobredosis.