
“La Constitución es una gran ley derogatoria, a favor de la libertad, de las infinitas leyes que constituían nuestra servidumbre originaria” (Juan Bautista Alberdi, Sistema económico y rentístico de la Constitución…)
Cada organismo público tiene su ley que lo protege, esa es la razón para una gran ley derogatoria cumplidora del mandato constitucional, y que nos señale el camino hacia una economía dinámica. El primer paso a una economía competitiva es remover los obstáculos que la frenan, la hojarasca regulatoria de objetivos ocultos pero de impedimentos concretos para su desarrollo.
La capacidad de concebir innovaciones no se limita a científicos o técnicos especializados. Personas provenientes de diversos sectores sociales poseen facultades innatas para imaginar “nuevas cosas”, independientemente del estado de avance del conocimiento científico. En una sociedad moderna, dichas capacidades no solo pueden ejercerse, sino que además encuentran incentivos institucionales, culturales y económicos para su realización efectiva. Esto genera un entorno que retroalimenta la innovación: la creación y experimentación de lo nuevo estimula la generación de nuevas ideas.
En determinadas circunstancias, este proceso puede adquirir tal intensidad que toda la sociedad se ve envuelta en una atmósfera de creatividad e invención. En las economías altamente innovadoras, gran parte del proceso innovador es endógeno: surge de la creatividad dispersa y del capital humano presente en el entramado productivo. No se trata exclusivamente de innovación tecnológica radical, sino también de innovaciones incrementales, organizacionales o de mercado, que surgen de la actividad de actores económicos diversos.
Una nación puede, por tanto, desarrollar dinamismo económico: una combinación de deseo y capacidad de innovar, junto con una disposición institucional y cultural para absorber esas innovaciones en su estructura productiva. Tal como señalaba Friedrich Hayek, los empresarios desempeñan un rol fundamental al detectar oportunidades subutilizadas o ignoradas, mediante adaptaciones que permiten mejorar procesos existentes o desarrollar productos con mayor potencial de mercado.
Este dinamismo se traduce en una economía caracterizada por un alto grado de imaginación aplicada: algunos agentes conciben nuevos productos, otros nuevas formas de producción, y otros identifican nuevos usos o mercados para bienes ya existentes.
La lógica subyacente es la búsqueda constante de formas alternativas de hacer, producir o intercambiar. Este fenómeno da lugar a una economía de la innovación: una estructura económica cuya evolución está impulsada por la generación sistemática de novedades.
En su núcleo existe un vasto imaginario institucional y productivo, que facilita la concepción, desarrollo y eventual adopción de innovaciones. Mientras que las adaptaciones emprendedoras pueden llevar a una economía hasta su frontera de posibilidades productivas, el proceso innovador tiende a desplazar esa frontera hacia adelante, expandiendo el conjunto de opciones disponibles. Este desplazamiento no tiene un punto de llegada definido: su carácter es, por naturaleza, abierto e indeterminado.
El conocimiento está disperso entre los distintos actores de la economía. La idea hayekiana del descubrimiento de oportunidades y la función del empresario en un entorno de conocimiento disperso. Los precios transmiten información y permiten que los empresarios identifiquen oportunidades no percibidas por otros. Frutos de las economías dinámicas , los valores que promueven el dinamismo económico en una sociedad son fundamentales.
La influencia del individualismo en estos anhelos no puede subestimarse. Las satisfacciones modernas son, por naturaleza, profundamente individualistas. Lograr, tener éxito, desarrollarse y marcar una diferencia son logros que pertenecen principalmente al individuo. Otro valor clave es el vitalismo.
La economía dinámica atrae a quienes buscan desafíos y oportunidades que los hagan sentir verdaderamente vivos. Es imposible no asociar a los innovadores con una energía desbordante y una fuerte dedicación. Es necesario tener en cuenta las nuevas ideas que surgen entre la gente común, así como la fuente de donde brotan esas ideas.
Considerar que la innovación proviene fundamentalmente de las actividades de investigación organizadas por técnicos en empresas y oficinas gubernamentales —y que de allí derivan la satisfacción laboral y el crecimiento— es tener una visión limitada. Esa perspectiva no alcanza a comprender lo que los individuos, tanto dentro como fuera de las organizaciones, son capaces de concebir y realizar, con o sin avances en el conocimiento científico, ni lo que desean hacer para alcanzar su propia realización.
La premisa fundamental es que personas de todos los ámbitos, no solo científicos o técnicos de laboratorio, poseen una capacidad innata para imaginar “cosas nuevas”, aun cuando la ciencia no haya abierto previamente esas posibilidades. Y una sociedad moderna no solo permite, sino que alienta a las personas a actuar sobre esas nuevas ideas: a crearlas y ponerlas a prueba. Esto, a su vez, estimula a más personas a concebir novedades.
Toda una nación puede encenderse con un fuego de ideas nuevas. Una nación puede poseer ese dinamismo: una combinación de apetito y capacidad, deseo y habilidad para generar innovaciones, y la disposición colectiva para aceptarlas e incorporarlas a la economía.
Por supuesto, pueden surgir obstáculos: externos, como guerras o condiciones climáticas, e internos, como regulaciones o burocracia. Sin embargo, en términos generales, cuanto mayor es el dinamismo de una nación, mayor es su propensión a intentar innovar… y a lograrlo.
Juan Vicente Sola es profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires. Académico de Ciencias Morales y Políticas.