
La llaman la hora mágica. Es ese momento entre la puesta del sol y la noche, y, para algunos, también la que precede, justo, justo, al amanecer. En ambos casos la luz del Sol es más suave y más cálida, no tan fuerte y cenital, y parece transmitir, a todo lo que roza, un aura de serenidad, quietud y melancolía.
“Cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol”, le hacía decir Saint Exupéry al protagonista de “El principito”. Hora dorada y hora azul son otras de las denominaciones que se dan a estos momentos del día, y suelen ser especialmente apreciados por los amantes de la fotografía.
La película de 1978 “Days of Heaven”, de Terrence Malick, que se alzó con un Oscar a la Mejor fotografía, fue filmada casi íntegramente en la hora mágica. El director del área, Néstor Almendros, explicó una vez que en rigor, la hora en cuestión no dura 60 minutos sino unos escasos veinte, con lo cual el rodaje debió limitarse, cada día, a ese exiguo lapso.
Mágica parece también la luz que alumbra muchos de los cuadros de Vermeer, el pintor de Delft que retrató con una poesía inigualable escenas de la vida doméstica y cotidiana de mediados del 1600, en el barroco holandés. Desde el punto de vista artístico, la hora mágica, más allá de su duración, requiere de un particular impacto de la luz, de una determinada intensidad, y de la habilidad de un ojo sensible y atento para captar la belleza de ese instante, único e irrepetible, antes de que el conjuro se desvanezca.
Más allá del hipnotismo de un amanecer, de la estremecedora belleza de una puesta de sol; al cabo de todas las definiciones, la hora mágica es cada una de las horas, de cada uno de los días, en que estamos vivos.