Tras el fragor ensordecedor de la Segunda Guerra Mundial, el escenario global yacía en ruinas, silenciado por la devastación. Había que encontrarle un rumbo a ese mundo que alguna vez en el pasado había sonado en concierto. Allí, entonces, de entre los escombros, emergió un director audaz, con una batuta de poder sólido económico y una visión política firme: Estados Unidos.

No se limitó a reconstruir, sino que se propuso dirigir la primera gran Orquesta Globalizadora, componiendo una sinfonía de interdependencia y prosperidad diseñada para ahogar los ecos de la guerra y la depresión.

Sus primeros y más privilegiados integrantes del coro fueron las voces heridas de Europa Occidental y Asia Oriental. Con el Plan Marshall como pentagrama, los hilos de la inversión y la asistencia, EE. UU. no solo les dio instrumentos, sino que los afinó con maestría con su nuevo instrumental electrónico.

De esta sección, surgieron solistas deslumbrantes como una Alemania renacida con su precisión industrial y un Japón revitalizado, cuya tecnología se convirtió en una melodía cautivadora. La sinfonía que dirigía Washington —una mezcla de mercados abiertos, innovación tecnológica y alianzas estratégicas— resonó con una armonía innegable.

Mientras tanto, en el lado opuesto del telón, la Unión Soviética intentaba dirigir su propia orquesta, con una partitura centralizada y disonante. Su sinfonía, plagada de notas falsas de escasez, control rígido e innovación silenciada, sonaba a menudo poco armónica, repetitiva y con una falta crónica de ritmo.

El público global (los países no alineados y los bloques de influencia) comenzó a notar la diferencia. Finalmente, la falta de compás y la disonancia interna hicieron que la orquesta soviética se descalificara del concurso, su batuta cayendo en un silencio ensordecedor que marcó el fin de una era.

El colapso de la fallida Filarmónica de la URSS no solo silenció a una orquesta; hirió el alma misma de quienes, más allá de los subyugantes cantos de sirena de Moscú, creían sinceramente en la igualdad y la fraternidad como valores fundamentales. Con su desaparición, las notas más preciadas de solidaridad fueron trágicamente borradas de la imaginación musical, dejando tras sí un profundo y resonante vacío.

La sinfonía estadounidense, entonces, se convirtió en el leitmotiv dominante. Sonando ya en todo el planeta no hubo quien no entonara su canción dictada letra por letra desde el Consenso de Washington.

Pero para mantener su esplendor y seguir evolucionando, la orquesta tuvo que incorporar progresivamente a nuevos y entusiastas músicos —desde los tigres asiáticos hasta el gigantesco dragón chino— que no solo aprendieron rápidamente la compleja partitura del comercio global y la producción eficiente, sino que perfeccionaron sus propias interpretaciones, añadiendo capas y texturas que la hacían más rica y compleja.

Tanto que muchos melómanos llegaron a vaticinar que dos de ellos -India y China, estarán en condiciones de concursar para directores más temprano que tarde.

Con su propia e inmensa sección de cuerdas y vientos, China empezó a convocar a muchos de esos mismos músicos que antes tocaban bajo la batuta estadounidense. Ya no buscan solo interpretar la partitura existente, sino que aspiran a disociarse o redefinir sus roles, buscando nuevas armonías y contrapuntos. La orquesta global, antes dominada por una firme y única dirección, ahora se encuentra en un fascinante y tenso intermezzo, con varias batutas compitiendo por liderar la próxima gran sinfonía.

Sin embargo, en lugar de afinar el conjunto, en un giro inesperado, Estados Unidos decidió cambiar de director de orquesta. Se lo exigieron sus propios seguidores (votantes). Sucede que la gran mayoría de ellos estaban confundidos por unos sonidos que ya no endulzaban sus oídos, sino que se ejecutaban desde una partitura escrita por unos pocos fanáticos. Tan aturdidos estaban que atribuyeron a los músicos más recientemente convocados al plantel la responsabilidad de su profundo fastidio.

El nuevo maestro, en lugar de afinar y armonizar, parece más interesado en desechar viejos instrumentos que antes eran clave y en intentar relegar a los aspirantes a solistas que han ganado su propio renombre. Su promesa de una melodía renovada se ha convertido en una serie de ruidos discordantes, un cacofónico ensayo donde la armonía es esquiva.

La platea global, antes cautivada, ahora ensordece azorada, perpleja ante esta nueva dirección. Pero, por el profundo respeto a los pergaminos del conjunto y al legado de una orquesta que una vez fue el paradigma de la prosperidad, por ahora, aplaude.

Parece que el nuevo encargado de hacer sonar mejor la melodía, entiende que su función no es esa, sino que debe escribir una nueva donde democracia y mercado no sean los que marquen el ritmo, aunque aun -como sonsonete, se los invoque como inspiradores al tiempo que se desdeña su vigencia.

Héctor Gambarotta es economista.



Fuente Clarin.com

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