No pocas veces, las campañas electorales carecen de la transparencia que deberían tener momentos políticos de tanta relevancia.  Me refiero a que los ciudadanos suelen tener dificultades para conocer con certeza qué representa cada uno de los competidores, debido a que algunos de ellos practican una suerte de ocultamiento ideológico o programático. No es un asunto menor, ¿verdad?

Esta tendencia a la ambigüedad o al ocultamiento de posiciones suele darse —aunque no exclusivamente— en las fuerzas que se presentan como “lo nuevo”. Lo nuevo, desde hace tiempo, resulta muy atractivo, pero tiene un problema: envejece rápido. Así, casi cada dos años nace una nueva fuerza política que pretende apropiarse del valor simbólico de “lo nuevo” —aunque pocas veces lo sea realmente.

No digo que oculten sus posiciones en todos los temas. Lo que hacen es evitar pronunciarse sobre aquellos asuntos respecto de los cuales la sociedad tiene desacuerdos significativos. ¿Quién podría estar en contra de mejorar la calidad de la salud o de la educación pública?

Nadie. Pero en los temas en los que sí existen esos desacuerdos, algunos candidatos prefieren refugiarse en formulaciones ambiguas: frases que suenan comprometidas pero que no comprometen a nada, capaces de agradar tanto a unos como a sus contrarios. Dicho sea de paso: los partidos tradicionales, por razones obvias, tienen mayores dificultades para recurrir a este tipo de ambigüedad.

El debate electoral no debe ser solo vertical —entre oficialismo y oposición—, sino también horizontal, es decir, entre las distintas fuerzas opositoras. La ausencia de esa horizontalidad en el debate facilita el ocultamiento de las posiciones, oscurece el sentido de lo que está en juego en cada elección y afecta negativamente el carácter democrático y republicano de las mismas.

De acuerdo a lo dicho en el párrafo anterior pues, menciono algunos de los temas sobre los que todas las fuerzas y sus candidatos deberían, no solo tener posiciones claras, sino también evitar que las demás las oculten. Por supuesto, hay muchos temas más.

Vayamos pues a los temas respecto de los cuales debemos exigir  posiciónes claras a todos los candidatos:

¿Qué piensan de la justicia social? ¿Creen, cómo Milei, que la única justicia es la del mercado? ¿Qué piensan sobre el rol del Estado en la economía? ¿Creen que el Estado debe intervenir en la distribución del ingreso? ¿Cómo debería ser el sistema tributario? ¿Revisarían la eliminación del impuesto a los Bienes Personales?

¿Avalarían una eventual privatización del sistema jubilatorio? ¿La modernización de la legislación laboral, supone pérdida de derechos para los trabajadores? ¿Reconocen un rol valioso a las organizaciones gremiales empresarias? ¿Y a las de los trabajadores?

¿Es necesario revisar el RIGI? ¿Es o no necesario proteger las Pymes? ¿Qué representa, en su visión, la deuda con el FMI?

¿Piensan que el Gobierno abusó de los DNU? ¿Qué piensan del otorgamiento de facultades delegadas al Ejecutivo?

¿Consideran valiosa la unidad de América Latina y el MERCOSUR? ¿Cuál debería ser la posición del país frente a la disputa por la hegemonía mundial? ¿Comparten la posición del gobierno? ¿Ingresarían a los BRICS?

En fin, estas son solo algunas de las cuestiones que deberían debatirse en esta elección. Ninguna fuerza política debería eludir una definición sobre ellas. Hago esta modesta sugerencia con la convicción de que contribuiría a transparentar el debate electoral. Y eso, créanme, no es poco.

Ricardo Alfonsín es ex diputado nacional y ex embajador en España.



Fuente Clarin.com

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