La historia de Israel está colmada de problemáticas circunstancias como resultado de visiones políticas contradictorias. Sin entrar en una descripción detallada, vale la pena mencionar aquella que fragmentaba la población judía durante el mandato inglés, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial.

En aquellos años, dos propósitos dividían a la población judía en el territorio del mandato inglés. Colaborar con las autoridades inglesas que en Europa actuaban como parte de los aliados en la dura lucha contra el nazismo, o alternativamente, enfrentarse con el mandato inglés que en esos tiempos limitaba drásticamente la inmigración judía al territorio (lo que se conoce como Libro Blanco). Un acto que se interpretaba como sabotaje al proyecto de independencia de un Estado judío y ayuda al proyecto palestino.

Mientras el ala de lo que se denominaba “revisionismo sionista”, en paralelo a lo que hoy se cataloga como “derecha israelí”, exigía centrar el accionar político y militar en contra del mandato inglés, inclusive por medios violentos, lo que hoy se denomina “terrorismo”, el ala del sionismo socialista que lideraba las instituciones centrales se inclinaba por una posición de compromiso.

Ben Gurion lo acuñó en la historia con su famosa frase: “Nosotros tenemos que ayudar a los ingleses en la guerra contra los nazis alemanes como si no existiera el Libro Blanco, mientras que a la par debemos enfrentar a los ingleses con su Libro Blanco como si no existiera la guerra contra los nazis”.

Así fue como muchos judíos de Israel se alistaron al ejercito inglés en su lucha contra Alemania, mientras que paralelamente lucharon contra las limitaciones del Libro Blanco por intermedio de una inmigración ilegal organizada.

Ante el gobierno de Benjamín Netanyahu muchos israelíes se encuentran frente a un dilema muy similar. El repentino, aunque no sorpresivo, ataque a Irán agudizó en muchos israelíes la sensación que, a la par de la eternización de la guerra en Gaza, la ofensiva lanzada contra Irán, más que desmantelar toda opción atómica de ese país, el propósito seria mantener un estado bélico continuo que permitiría crear las condiciones que puedan perpetuar a Netanyahu en la cima del poder.

No por casualidad, días atrás en conferencia de prensa, Netanyahu se negó a responder a la pregunta si las próximas elecciones generales en Israel, programadas para octubre 2026, se llevarán a cabo en fecha.

La situación actual de acumulación de uranio enriquecido a niveles de pureza del 60%, en cantidad que teóricamente pueden ser suficientes para armar en un par de años una decena de bombas atómicas no es casual, sino el resultado exclusivo de la intervención de Netanyahu. Irán cumplía a rajatabla, controlado por la Agencia Internacional de energía Atómica, el acuerdo firmado con el anterior gobierno de Barack Obama y otras potencias que limitaba sus exigencias en cantidad y pureza de uranio hasta el 3,67% solamente.

Azuzado por Netanyahu, Trump se retiró del acuerdo y lanzó duras sanciones contra Irán que, sintiéndose libre del compromiso, comenzó a acumular uranio a cantidades de pureza superiores y problemáticas. En otros términos, Netanyahu inició una guerra creando él mismo las condiciones para su surgimiento.

La mayoría absoluta de los ciudadanos de Israel se alista en defensa de Israel, tanto en la guerra de Gaza como frente a la nueva desatada contra Irán. No por eso, en mucho de ellos comienza a tener lugar el interrogante de si la continuidad del conflicto en Gaza (que muchos expertos, inclusive el mismo Trump, ya determinan claramente que no tiene sentido su continuidad) y el nuevo ataque a Irán (que muchos expertos advierten la posibilidad de fracaso en el intento de limitar el desarrollo atómico futuro de Irán), en realidad, no son complementarios con la continuidad de la democracia israelí (como en el caso de Ben Gurion), sino más bien, un pretexto para cancelarla.

*El autor es un economista y analista argentino. Vive en Tel Aviv.



Fuente Clarin.com

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