
En estos días se cumplen 150 años del nacimiento de Carl Gustav Jung y si bien podría parecer una efeméride menor en una Argentina consumida por urgencias económicas, la crispación política y la fatiga cívica, acaso sea precisamente este el momento para convocar su pensamiento.
No por nostalgia intelectual ni por devoción a la psicología profunda, sino porque Jung, en su afán por descifrar el alma humana, nos dejó herramientas para pensar nuestras sombras colectivas, nuestras repeticiones históricas, y nuestra aún inconclusa maduración como comunidad política.
Jung no fue un político, ni mucho menos un ideólogo. Fue, sobre todo, un explorador del inconsciente, un cartógrafo de los arquetipos que habitan a cada persona, pero también a los pueblos. Su noción de “sombra”, aquello que negamos, reprimimos o rechazamos de nosotros mismos, no se limita al ámbito individual. Las naciones, decía, también tienen sombra. Y cuando no la reconocen, ésta se proyecta con violencia sobre los otros: sobre el adversario político, sobre el extranjero, sobre el que piensa distinto.
En la Argentina, esa sombra es larga y persistente. Cargamos con una historia de antagonismos feroces, promesas mesiánicas y decepciones cíclicas. Hemos oscilado, una y otra vez, entre la esperanza redentora y el desencanto corrosivo, sin tomarnos el tiempo ni la madurez para interrogar nuestras propias zonas oscuras.
Nuestra política se parece, muchas veces, a un campo de proyecciones emocionales más que a un ejercicio racional y ético del poder. El adversario es transformado en enemigo. La crítica, en traición. El conflicto, en guerra. Y el debate, en linchamiento simbólico.
Jung advirtió que cuando las personas abdican de su responsabilidad ética y delegan el juicio en la masa o en un líder carismático, los totalitarismos, en sus múltiples formas, se abren paso. Y no se refería solamente a regímenes políticos autoritarios, sino también a climas culturales donde la emocionalidad reemplaza al discernimiento, y los arquetipos primitivos, el salvador, el apocalipsis, el enemigo, se apoderan del discurso público. En esos momentos, las democracias se debilitan no sólo por razones institucionales, sino porque el alma colectiva deja de pensar, y se entrega al impulso.
La Argentina de hoy parece moverse en ese registro. La política ha perdido su dimensión simbólica profunda. Ya no convoca, no ordena, no orienta. Se ha convertido, en gran medida, en espectáculo, en reacción, en espejo deformado de nuestros propios miedos y frustraciones.
En ese marco, las categorías de Jung no son un lujo académico, sino una brújula. Nos recuerdan que no se trata sólo de cambiar nombres o programas, sino de iniciar un proceso de individuación colectiva: de integrar nuestras contradicciones, de dejar de dividirnos entre “buenos y malos” y de asumir, por fin, que toda transformación empieza por el reconocimiento de lo que no queremos ver.
“Lo que no se hace consciente se manifiesta en la vida como destino”, escribió Jung. Esa frase, potente y austera, podría ser un lema para nuestra hora. Porque seguimos repitiendo, como destino, lo que no queremos asumir como historia.
Nos cuesta pensar en términos de proceso, de continuidad, de responsabilidad. Nos seduce más el salto, el quiebre, la refundación. Pero toda refundación sin autoconocimiento es apenas un ciclo más, con nuevos nombres y viejos fantasmas.
Celebrar a Jung no es un acto de erudición: es una provocación. Nos invita a dejar de buscar afuera las respuestas que sólo podemos encontrar adentro. Nos recuerda que la política no es sólo una cuestión de estructuras, sino de subjetividades. Y que una república no se sostiene sin ciudadanos dispuestos a mirarse sin máscaras.
La Argentina no necesita más héroes. Necesita individuos conscientes. No necesita más enemigos. Necesita comunidad. No necesita más diagnósticos. Necesita integrarse. Tal vez, como quiso Jung, la salida no esté ni en la derecha ni en la izquierda, ni en el pasado ni en el futuro, sino en ese punto intermedio donde el individuo asume su sombra y desde ahí empieza a construir con los otros. Con humildad, con coraje, con humanidad.
Jorge Giorno fue legislador porteño y presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), autor de libros, ensayos y artículos, actualmente preside el Partido de las Ciudades en Acción.