
En no pocas de sus novelas, John Banville se ubica en un punto más o menos fijo y confiable del tiempo y el espacio: una casa tirando a derruida a mediados del siglo veinte en una Irlanda pueblerina, casi rural. Lo mismo hace su estilo, porfiadamente esmerado, manierista, irónico, anacrónico. Se nota –no es tan común– su ávido brío al escribir. Al igual que sus colegas Samuel Beckett, Georges Simenon y Patrick Modiano, apuesta a rehacer el mismo libro una y otra vez, acaso porque confía que esta vez sí, se lo jura, lo hará mejor.
Capas de pasado conviven en su reciente y cautivante memoria La alquimia del tiempo, en la que su meritoria arrogancia se ve prolijamente dinamitada mediante una íntima operación de impiedad. La misma que le aplica a la curia local y a cuanta sotana se asome en cualquier línea.
Personajes estrambóticos, parques favoritos, primeros amores: “En aquellos tiempos reprimidos las chicas ‘finas’ no iban a ningún sitio sin acompañante, excepto para confesarse”. Bibliotecas públicas, donde una vez sustrajo sin pedir permiso los poemas completos de Dylan Thomas. Los ladrillos de Dublín, que les conferían a las fachadas una textura especial. Distracciones, cine (su director preferido era Antonioni). Mareados predecesores desconcertantes: Brendan Behan, Patrick Kavanagh, Flann O’Brien. Contemporáneos apreciados: John McGahern, Seamus Heaney.
“¿Son imaginaciones mías o acierto al pensar que los ingleses nunca nos toman en serio a los irlandeses?”, suelta. Hay más de un pasaje revelador, por lo que delata, sobre todo, de su modo de percibirse: “Para bien o para mal, como escritor siempre me ha interesado no lo que hace la gente –eso, como podría decir Joyce, con típico desdén joyceano, es cosa de periodistas–, sino lo que es”. Algo que sus ficciones –igual que las de Joyce– se encargan de desmentir por medio de disecciones en las que temperamentos y actuaciones se pasean indivisibles.
Si La alquimia del tiempo parece empezar a bajar un telón personal, Las singularidades busca ir cerrando el círculo de su ficción, convocando a muchas de sus figuras previas (incluso, por triangulación, a los científicos Kepler, Newton y Copérnico). Banville ha sido un experto en contar vidas huidizas como esas y otras, y Las singularidades está protagonizada por el biógrafo por encargo de un notable matemático.
Otra vez, el narrador de Banville se las sabe todas y eso no le impide mofarse de sí mismo. Se siente a sus anchas en un monólogo interior digresivo, intervenido, puntuado por didascalias traviesas. Las bromas de narrador confianzudo –acota, invade, glosa, guiña– no disipan el clima creado bajo una ágil densidad. El léxico opulento lo exalta y lo impulsa. Comanda una voz, preferentemente escondida detrás de un nombre falso, aunque claro que un rumor de este calado es más verosímil en el idioma original. (Una geografía es inseparable de su lengua).
Parentescos y herencias. Frente y dorso de una identidad y verso y reverso de una currícula adulterada. Personajes a quienes tienta mentir, o en estado de flotación; fantasmas unos para otros, se extorsionan emocionalmente sin escrúpulos. Merodean historiadores, falsificadores y ladrones de arte, impostores e inimputables. Alguno en prisión, otro procesado, otro excarcelado. Un moribundo, un intruso.
Cunde el instinto asesino de Banville, por llamarlo así, como si la ficción no pudiera alejarse del crimen o del delito. (Es el autor de una decena de novelas negras bajo la firma de Benjamin Black; el seudónimo le sirvió para renovarse, para reencontrar su mano: lo que el teatro fue para Beckett). Banville busca la anuencia y más: la connivencia del lector. El autor de El intocable se pone a prueba regresando con cuentas pendientes a sitios resonantes para tematizar el pasado y teorizar sobre el tiempo y sus parábolas.
Las singularidades retoma y recompone sus novelas Los infinitos y El mar. Avanza –o se lo lee ilusamente– como si la escritura fuera un oficio aprendible. Legajos y litigios de familia, un chalet venido a menos, cercos desbordados (Banville parece escribir para darse el gusto de pintar con voluptuosidad a la naturaleza). Se regresa a Banville como él regresa a sus rincones dilectos. Y desliza por debajo de nuestra puerta una carta terminal que es un libro que termina siendo una casona; un palacio de la memoria levantado contra las olas de cada minuto. Quizá la mera aspiración de ser un autor difícil de evaluar le dio dirección y alas a su impecable estilo lenguaraz.
Las singularidades, John Banville. Trad. Antonia Martín Martín. Alfaguara, 320 págs.
La alquimia del tiempo, John Banville. Trad. Miguel Temprano García. Alfaguara, 192 págs.