
Cada época abreva en sus previas. La democracia griega restringida a una aristocracia; las repúblicas oligárquicas en Roma, las talasocracias o ciudades-estado convertidas en repúblicas marítimas del bajo Medioevo y los imperios monárquico-coloniales conforman una sucesión encadenada que rompe su esquema para globalizarse con la revolución industrial.
Las repúblicas adquieren entonces entidad renovada con las constituciones de los Estados Unidos y de la Revolución francesa. Las banderas de libertad, fraternidad, e igualdad iluminan el camino hacia el sufragio universal y, con tiempo, los postergados derechos de minorías oprimidas y mayorías silenciadas, como las mujeres y los esclavos.
Así también evoluciona de modo espiralado el pensamiento político: de Platón, Cicerón, Maquiavelo, Cromwell, Hobbes y Locke, Montesquieu, Rousseau, Franklin y Jefferson y, en América, de Miranda, Moreno, San Martín y Bolívar que abonan, luego, a los Tocqueville, Lincoln, Sarmiento, Juárez y Martí, constructores de las repúblicas modernas.
Así, entre las 13 colonias del “Segundo Congreso Continental” de julio de 1776 en Filadelfia y el de las 15 “Provincias Unidas en Sudamérica” del 9 de julio de 1816 en el otro extremo del continente, hay un hilo de unidad: ambas proclaman la independencia de las colonias de toda dominación extranjera y alzan en alto los valores y principios de la libertad, la autonomía y la igualdad.
Similares son también la consumación de la independencia de los “Estados Unidos de México” en 1821, los intentos de integrar la Gran Colombia (1819-1831) y el Congreso unificador de las repúblicas centroamericanas entre 1824 y 1839. Quiebres, modulaciones y decadencias, crisis y resurgir del optimismo y nuevas metas: ese es el decurso de la historia que impone siempre desafíos a la cultura política, con reformas graduales, giros inesperados y revoluciones.
En los pasados años ‘60 las urgencias de la juventud ponen plazo perentorio a los cambios y se instalan las cuestiones de género, y con la caída del Muro de Berlín y de las dictaduras estalinistas y el “fin de las ideologías” se pasa de estados nacionales con fuertes identidades patrióticas a fronteras líquidas. Intentando girar el reloj, Donald Trump quiere personificar a un reaccionario, impertinente y violento “dueño del mundo”.
La rueda de la historia, sin embargo, no admite el regreso a fracasadas fórmulas demagógicas o autoritarias, que depositan en un “caudillo” –entre engreído y resentido y, usualmente, vociferador– las esperanzas populares de mayor bienestar, fórmulas derrotadas por la Segunda Guerra Mundial, hace ya ocho décadas.
El mapa contemporáneo revierte algunos conceptos instalados. Un cambio de perspectiva permite asegurar que la interdependencia tiene otra naturaleza que la de los relatos vigentes.
En efecto, es América latina la que “ayuda” a los Estados Unidos, como lo hizo a su pesar durante tres siglos con la monarquía de España sosteniendo su pesada burocracia, y no lo opuesto, que es lo que se afirma ante el otorgamiento de créditos leoninos y usurarios que solo benefician a los poseedores del capital, fortaleciendo los crecientes flujos de salida de los beneficios de inversiones altamente especulativas llamados “fuga de capitales” y fomentando la corrupción mientras nuevos países como China e India irrumpen reclamando un lugar en el concierto global.
Tres conclusiones son casi evidentes para quienes acepten que las rupturas drásticas y el aislacionismo son partes solo episódicas del devenir histórico: a) que la tendencia a la ampliación de la democracia y las libertades públicas con Estados activos constituye una conquista social global lo que (b) no ofrece lugar para regímenes totalitarios con pretensiones de eternos.
Por fin (c), que la construcción de espacios regionales como la Unión Europea y el Mercosur, a pesar de su disputa con los nacionalismos retrógrados y los discursos chauvinistas, es un eslabón visible de las fuerzas políticas conscientes de los desafíos del siglo XXI.
El acuífero guaraní, la cordillera de los Andes, el Amazonas, como los inmensos océanos circundantes, son cuatro ambientes elocuentes de la biodiversidad y patrimonio que la humanidad debe proteger con urgencia y no territorio de entidades nacionales o corporaciones imperiales concentradas.
Los desafíos y tareas de los verdaderos “patriotas” de hoy son, sin duda, supranacionales.
¿Pero quién es hoy “el pueblo”, o “la gente” (un constructo casi ficcional) el sujeto depositario de la soberanía –ser libres de “toda dominación extranjera”– que un puñado de osados independentistas proclamó el glorioso 9 de julio, dando al mundo, con valentía, un verdadero grito redentor republicano, democrático y expresión de nuevas autonomías?
Observando aquella jornada épica, estamos mal y lo sabemos. Si la archireelección de Gildo Insfrán es un agravio al federalismo, la prisión domiciliaria de un abusador una afrenta a la justicia, los insultantes ataques a la prensa una negación de la libertad y la decisión de una jueza neoyorkina un absoluto atropello a la inviolable autonomía nacional, resulta obvio que, como nación, en muchos órdenes seguimos adolescentes.
El tablero actual pone en juego en todo el planeta el valor de la paz, el irrestricto respeto a la independencia de naciones y pueblos y la condena a las agresiones. La encrucijada está a la vista: las reciprocidades se multiplican y dan el contexto para una enunciada –y necesaria– segunda independencia latinoamericana.
Ricardo de Titto es historiador. Autor de “Las dos independencias argentinas”.