El reconocimiento como Distinguished Professor otorgado por ACSA (Association of Collegiate Schools of Architecture, con base en Estados Unidos y Canadá) fue la excusa para repasar la trayectoria de Julián Bonder.
Nacido en Nueva York y formado en Buenos Aires, asegura que es “totalmente argentino en arquitectura, en fútbol y en el dulce leche”. En la charla con ARQ, recuerda su formación en la UBA y habla con cariño de la dedicación de sus profesores así como de la exigencia y la pasión que transmitían.
Da una lista corta de nombres entre los que destaca a Miguel Ángel Roca por su compromiso con la docencia, viajando desde Córdoba cada fin de semana. “Siempre decía que el alumno puede tener proyectos malos pero tu objetivo como profesor es hacer que ese alumno mejore”.
Esta pedagogía caló hondo en Bonder, quien también abrazó la enseñanza desde sus inicios junto a figuras como el propio Roca, Félix Casiraghi y Jorge Lestard.
“Una cosa importante es caminar las plantas”, trae Bonder como consejo de su padre, quien estudió arquitectura en Estados Unidos con Louis Kahn. Quizá influenciado por esa referencia fue que eligió cursar un posgrado en Harvard.
Los sitios pueden contar historias
Aunque inicialmente la idea era regresar, un concurso teórico ganado para Coney Island marcó un punto de inflexión. “Ese proyecto fue muy importante porque me dejó muy claro que los sitios pueden contar historias” y agrega que siempre le interesaron las ruinas, “son una especie de arqueología contemporánea”.
Para Bonder, todos los recuerdos de las personas están intrínsecamente ligados a los espacios, a las vivencias en un lugar que marca la experiencia. Habla de sus proyectos remarcando que su interés está puesto en aquellos que tienen un fuerte componente social y comunitario. “La idea de ética es el centro de mi trabajo”, define.
Esa ética se traduce en proyectos y obras que buscaron dar voz a quienes no la tienen, como el Centro de Estudios del Holocausto y Genocidio en Clark University (EEUU), el National Holocaust Monument en Ottawa (Canadá), el Babi Yar Park en Denver (EEUU) y el Memorial dedicado a la Abolición de la Esclavitud en Nantes (Francia), inaugurado en 2012.
Sobre este último, realizado en colaboración con el artista polaco Krzysztof Wodiczko, Bonder utiliza varias veces la palabra orgullo. “Es que no había presupuesto original en esa obra y, además, hubo un arduo trabajo detrás, desde colgarse con arneses para acceder al sitio o pasar noches sin dormir preparando la presentación”.
Eco de las voces que lo formaron
Al reflexionar sobre la distinción como profesor, otorgada por ACSA, vuelve a sus maestros. Para él, este premio es un eco de las voces que lo formaron, una resonancia de aquellos que le mostraron “formas de mirar que tenían mucho sentido”. Y también es su propia voz en sus estudiantes.
Cita a Jacques Rancière y su concepto del “profesor como maestro ignorante”, aquel que guía al otro a descubrir su propio saber. “Yo puedo saber cómo diseñar este proyecto. Pero no quiero decir: hacelo así. Quiero que vayan descubriendo cómo se hace o cómo lo harían”.
Durante la charla, Bonder habla sobre cómo los espacios pueden impactar profundamente en la memoria tanto individual como colectiva. “Siempre se trata de cómo hacer para que los pasos que damos en la tierra tengan sentido”.
Más allá de los memoriales, su trabajo se extiende a proyectos que exploran las memorias de la esclavitud en Estados Unidos, un tema que resonó profundamente con su propia historia familiar marcada por la inmigración.
“Para mí, todo proyecto tiene que ver con la investigación”. Así, busca abrir preguntas en lugar de dictar respuestas. “Cuando proyecto, trato de iluminar qué es lo que hay en el sitio y qué es lo que no se ve”. Un ejemplo clarísimo de esto fue su resolución para el Memorial del Holocausto de Canadá, una excavación a cielo abierto que interpela sobre la historia de antisemitismo de ese país.
Sus proyectos tienen un fuerte componente social y comunitario.Búsqueda constante
La sensibilidad de Bonder no se queda contenida en la investigación, los proyectos y la enseñanza de arquitectura. Se extiende a otras formas de expresión, como la música. “Hago percusión. Toco cajón”, dice mientras golpetea suavemente.
Su compromiso social también se manifestó durante años como director técnico de equipos de fútbol infantil, un espacio de encuentro para niños de diversos orígenes.
A pesar de los logros obtenidos (varios premios con sus proyectos además de este que motivó la entrevista), Bonder se muestra sereno, humilde y aún con el fuego encendido hacia la búsqueda casi constante.
A la pregunta de si siente que hizo lo que quería hacer o si encontró lo que vino a buscar, responde que no y sí a la vez. “Porque siempre hay algo nuevo por hacer y por descubrir”. Su motor sigue siendo la posibilidad de “ayudar a una comunidad a pensar su propia historia y su memoria”, un camino donde la ética, la escucha y la voz del otro son los pilares fundamentales de su arquitectura.
Como parte de su presente, en el que también incluye a sus hijos Manuel y Martín, sigue explorando esos caminos, fiel a una visión de la arquitectura como un acto de profunda conexión humana. “A la larga, hacer arquitectura es proyectar caminos para que la gente se encuentre”.