
Cada vez más personas se animan a cultivar sus propios alimentos, y el ajo se gana un lugar especial por lo fácil que es de plantarlo, su bajo mantenimiento y todos los beneficios que ofrece en la cocina y la salud. Otoño es el momento ideal para empezar: el clima fresco favorece el desarrollo de esta planta rústica y resistente.
Con esta guía paso a paso, podés convertir un simple diente de ajo en una cabeza completa antes de que llegue el verano. Solo necesitás un poco de tierra suelta, algo de sol y paciencia. Animate a probar.
En la mayor parte del país, el ajo se siembra entre mayo y junio, justo antes de que empiecen las heladas más intensas. En zonas frías como la Patagonia o la cordillera, es clave adelantarse al invierno para que los dientes puedan enraizar bien y empezar su ciclo. En el centro y norte argentino, el margen de tiempo es más amplio, pero cuanto antes lo plantes en otoño, mejor.
Podés usar ajos comunes de cocina, siempre que no hayan sido tratados para impedir la brotación (muchos ajos importados lo están). Para mejores resultados, buscá cabezas orgánicas o de cultivo agroecológico en viveros, ferias o almacenes naturales.
Tené en cuenta que hay dos variedades principales:
El ajo es un cultivo de ciclo largo: tarda entre 6 y 8 meses en desarrollarse por completo. A medida que llega la primavera, las hojas se tornan amarillentas y comienzan a secarse: ese es el aviso natural de que ya está listo para cosechar.
Una vez que los saques de la tierra, dejá que las cabezas se sequen al aire durante unos días, en un lugar ventilado y sombreado. Así se conservan mejor.
Durante el crecimiento, vas a notar que aparecen brotes verdes en la parte superior. No los desperdicies: se llaman ajos tiernos o ajos del verdeo, y se usan igual que la cebolla de verdeo. Tienen un sabor suave, son digestivos y le dan un toque fresco a cualquier plato.