
El consumo en China asciende a 38% del PBI, 20 puntos menos que el promedio de los países avanzados, y menos de la mitad de EE.UU (87% del producto).
Pero conviene mirarlo más de cerca: en términos absolutos, es el segundo nivel de consumo del mundo después de EE.UU. y crece a una tasa superior (9% anual) que la norteamericana.
Según McKinsey Global Institute, “China es el principal mercado del mundo en varias categorías de gasto discrecional (el que se tiene después de cubrir las necesidades básicas de alimentación, vivienda y salud) como el caso de los vehículos eléctricos, smartphones, bienes de lujo, y cinematografía”, y en lo que se refiere a las ventas al menudeo (retail) son 10 veces superiores que el total de las exportaciones a EE.UU.
También el consumo chino está destinado a ser imbatible si se mide su capacidad potencial en relación a su población de 1.440 millones de habitantes, encabezada por una clase media de 500 millones de personas con ingresos comparables a los norteamericanos (U$S 35.000/U$S 45.000 anuales).
Lo que impide que el consumo se convierte en el eje del crecimiento económico de la República Popular es que la tasa de inversión/nivel de ahorro individual es verdaderamente fenomenal, y alcanza a 47% del producto, lo que ha desequilibrado profundamente el sistema, con el agregado de que la mayor parte está destinado a la industria manufacturera, la primera del mundo y la base de su excepcional ímpetu exportador que llega a 13% del PBI. De ahí que su superávit comercial ascendiera en 2024 a un asombroso U$S 1 billón.
Por eso la economía china, la segunda del mundo (U$S 18,6 billones/19% del PBI global) está extraordinariamente descompensada, y es la causa fundamental del desequilibrio mundial.
La contrapartida de esta situación es la economía de EE.UU (U$S 26,2 billones/25% del PBI global), que se caracteriza por un extraordinario déficit comercial de U$S 1 billón en 2024, con un déficit de cuenta corriente de U$S 1,2 billones, acompañada por una brecha fiscal negativa que alcanzó a -6.4% del PBI el año pasado, y que es la causa fundamental del gigantesco auge de la deuda pública federal (U$S 36 billones en 2024).
Xi Jinping ha advertido claramente la necesidad de incrementar rápidamente el consumo doméstico. De ahí que el gobierno implementara en marzo un “Plan Especial de Acción” para obtener mayores salarios, así como un alza generalizada de los subsidios a la primera infancia, con una disminución de 8 puntos en las reservas del sistema financiero con el objetivo de facilitar el crédito individual y recortar el costo hipotecario.
Se puede resumir la cuestión del consumo en China en reducir drásticamente la extraordinaria tasa de ahorro/inversión, que asciende a casi 50% del producto, un porcentaje único en el mundo, y que se destina prácticamente en su totalidad a la industria manufacturera.
Esta extraordinaria máquina exportadora que ha creado China en los últimos 25 años ha originado una red de intereses creados extremadamente poderosa, que sólo puede enfrentar la figura de mayor poder político surgida desde Mao Tse Tung, que es Xi Jinping.
Respecto a la cumbre de Ginebra entre Scott Bessent y He Lifeng hay que anotar 2 particularidades: el consenso entre las 2 mayores economías del mundo, supuestamente antagónicas, se alcanzó en dos días; y luego la República Popular se encargó de acentuar la defensa del consenso alcanzado con EE.UU. en Ginebra y la necesidad de una acción cooperativa y abierta entre las dos superpotencias.
De ahí que el próximo paso del segundo encuentro en Londres que se realizó el 9 de junio se refiera a los modos en que se pueden reducir las exportaciones de la República Popular, al tiempo que se aumenta el consumo doméstico, mientras que en EE.UU se hace exactamente lo contrario: se reduce el consumo para aumentar las exportaciones y de esa manera se disminuye – y en el límite se elimina – el déficit de cuenta corriente norteamericano que asciende a U$S 1,2 billones anuales.
Lo sorprendente, en suma, es el extraordinario consenso obtenido entre las partes, lo que permite avanzar con una notable celeridad en el camino de las transformaciones estructurales de carácter inverso que ambas se proponen lograr.
Henry A. Kissinger advirtió en su magnífico estudio sobre la Republica Popular y los 5.000 años de historia china (“On China”/2012) que no hay posibilidad de una acción geopolítica común entre las dos superpotencias si no se funda en una visión estratégica compartida: primero la visión, después la estrategia común.
Este es el orden de los factores de la geopolítica mundial del siglo XXI de EE.UU. y China; y eso es lo que está ocurriendo en este momento a partir de la cumbre de Ginebra entre Scott Bessent y He Lifeng.
“Este es un mundo tan raro – dijo Chesterton – que incluso si uno actúa correctamente las cosas pueden salir bien”.
Hay un acuerdo profundo entre Henry A. Kissinger y Gilbert K. Chesterton, dos profundos realistas y pensadores estratégicos.