
Sensación de orfandad. Soledad. Angustia. Las referencias simbólicas tradicionales se debilitan. Caen las identificaciones de antaño: la ley, la verdad compartida, la figura paterna, parte de la religión. “Gana” lo diferente. La geopolítica irrumpe. Los jóvenes, en una gran parte, carecen de oportunidades y de relatos consistentes de futuro. En la precariedad, son terreno fértil para líderes que prometen magia. El liderazgo populista no es un fenómeno comunicacional de moda; es síntoma de la angustia profunda.
Un elemento que podría contribuir a la angustia es la caída de la ley, la verdad y la autoridad simbólica, lo que el psicoanalista Jacques Lacan (1901-1981) definió como el gran Otro, con mayúscula. El gran Otro es, para Lacan, un otro simbólico que representa el lugar del lenguaje, de la Ley, no una persona concreta, sino una posición estructural.
La aparición de un otro culpable, ahora con nombre y apellido, podría ser visto como una conversión de esa angustia proyectada sobre la mujer, el hombre, el rico, el pobre, el político, el periodista, el extranjero, donde se despliega una espiral de confrontación, de imagen contra imagen, donde cada lado se refleja en el otro como su reverso.
Sino hay ley, y todo vale, se profundiza la angustia, hay dificultad para hablar, y se allana así el terreno para la proliferación de líderes con estructuras perversas y psicóticas.
Otra causa de lo que hace síntoma hoy en lo político podría estar relacionada con la cesión excesiva del “yo” al líder. En Psicología de la masas y análisis de yo (1921), Sigmund Freud (1856-1939) explica que en una masa (o grupo) los individuos renuncian a su propio yo ideal y lo proyectan sobre el conductor. El individuo deja de pensar, se infantiliza, y ama al líder porque encarna el ideal de su yo: una figura que representa lo que el sujeto quisiera “ser” o “tener”.
Si el Otro –la ley, la verdad– está caído, el líder populista “ocupa” ese lugar vacío. El problema es que el líder se coloca como encarnación de la “supuesta” verdad, y dice: “yo soy el pueblo”, “vengo a restaurar el orden y a hacer grande la nación de nuevo”. De este modo, el síntoma político se anuda para dar “sentido” y “sostener” al sujeto ante su orfandad.
El populismo (de derechas y de izquierdas) no inventa el malestar: lo capta y lo dramatiza. Y, también, simplifica. Todo se vuelve claro: desde el narcisismo de la diferencia, hay un “nosotros” puro y un “ellos” corrupto, una patria y un sistema que se perdió y un culpable que traicionó.
Lacan abordó la idea de que “el discurso capitalista funciona como un bypass del deseo” (1972). Por eso, la publicidad y las redes sociales funcionan tan bien: una supuesta perfección a la cual aspirar, y la posibilidad de rellenar un vacío. Es pura ilusión. Además, dentro de esta lógica, el deseo queda aplastado ante la creencia de que todo puede llenarse y la frustración se exacerba. Nos encontramos, por tanto, con individuos en una deriva pulsional sin anclaje y una subjetividad saturada con adicciones sintomáticas de todo tipo. La angustia se exacerba porque el sujeto está allí atrapado sin posibilidad de detenerse para desear.
Una política adulta debería justamente restituir algo de ese lazo simbólico, del gran Otro. No desde la nostalgia, sino desde una reinvención del sentido con un otro. No hace falta un “nuevo padre”, sino un nuevo modo de conversación: más anclado en la escucha, en la palabra y en poder decir el mal-estar. Una tarea de valientes, nada sencilla para los tiempos que corren. w