
No leer un libro ni por casualidad.
Ignorar todos los hechos.
No saber nada y alardear de esa nada cotidiana.
Confundir comunicación con risotadas inconexas, con burlas de cancheritos bien forrados, no argumentar jamás nada y confundir con real malicia, la militancia con los oscuros negocios de la política y la exaltación de viejos corrompidos y vencidos.
Es muy importante para esos mensajeros de la nada entrenarse en la repetición altisonante de bobadas.
Ignorar por completo, por ejemplo, todo lo actuado por jueces y fiscales en las sucesivas condenas a Cristina Fernández y afirmar que ella es inocente.
Hermanarse con los fanáticos.
Aferrarse al feminismo retórico como bandera progresista y apoyar a la banda de proxenetas que rodean a Pedro Sánchez en España, untados de sobornos y de contratos a mujeres y pornostars para facilitar los negocios de los amigos.
Ni hablar de los arcaicos compañeros de Podemos, rentados por la narcotiranía de Nicolás Maduro.
Una sociedad que, con Maduro, el cristinismo fomentó para instrumentar autoritarismos y mega-saqueos bilaterales.
Concebir que ser vulgar es ser moral.
Una “moralidad” que se embandera en la mala educación como vector de popularidad.
Los “buenos” serían los que encarnan la más trivial brutalidad.
El brutalismo arrogante como proyecto político.
Gelatinosos burros que ríen.
Pero eso sí, sin investigar, sin saber, sin escrúpulos, sin nada que decir, pero gritoneándolo todo el tiempo.
Azuzar a la militancia que la espera a ella para verla bailar en el balcón.
Como si no estuviera presa por corrupción a gran escala.
La historia de los balcones políticos en la Argentina es signficativa.
El primero en asomarse al balcón de la Plaza de Mayo fue el presidente Nicolás Avellaneda.
Y de allí en más, el balcón fue símbolo de autoridad y poder hasta que, con Perón en 1945, se convirtió en el espacio extático del nacimiento del populismo festivo.
Y así continuó: todos salieron al balcón, el dictador Galtieri convocando a la guerra como si fuera un divertimento de machitos, Diego Maradona tras el Mundial del 86, y todos los demás.
Cristina Fernández pasó del balcón de la Rosada al balconcito de su arresto con tobillera.
Esa traslación da la medida de la degradación arquitectónica y política de su poder.
Este cronista cubrió desde la Plaza de Mayo el momento en que salió al balcón de la Rosada tras su triunfo con el 54 por ciento de los votos.
La sociedad, tan volátil, la beatificaba entonces con cánticos y promesas de esfumar a todos los “gorilas”.
Había danzas en la plaza y todo era victoria y augurios de impunidad.
Concibió ella entonces que su mayoría le daba eternos fueros para decidir, cómo enseña Loris Zanatta, que el poder político era una extensión de su patrimonio personal.
Ahora está presa, aunque continúa riendo.
Su feligresía sigue de fiesta.
Y sus altavoces rentados vociferan su inocencia.
Y tantos transmiten inconsistencias, una tras otra, en un loop de irredentas falacias, negaciones y -horrible- burlas, como si ellos fueran sabiondos.
Es una moda que atraviesa el arco político.
La reducción del lenguaje a una esquizoide torre de Babel para fanfarronear y atacar propalando un sicariato verbal y payasesco de obsecuencias y vergüenzas.
Son los que creen que la verdad está en TikTok, los que suponen que comprender obliga a sumergirse en crecientes mareas de simplismos.
Enredados en la moda cerril del fondo del mar de la razón, en el corazón de las tinieblas del miedo a expresar disidencias y datos.
Hay una negación de los hechos.
La interpretación de los hechos exige el complejo trabajo de la indagación minuciosa.
Pero a los que trabajan buscando y comunicando en serio los agreden en las calles mientras tantos mercachifles a la búsqueda de carguitos políticos redituables se abanican desde pantallas deshabitadas de contenidos y densamente habitadas de frivolidades sin destino.
Los periodistas peligran en las calles.
Hay una caza de brujas, como en los juicios de Salem, cuando todos los miserables odios pueblerinos se convirtieron en persecuciones de inocentes, chivos expiatorios víctimas de la venganza de los mediocres endiosados por eras de fracasos y mentiras.
Hay un fenómeno profundo y, a la vez, abrumadoramente superficial: la insoportable levedad del ser.
Hay una nueva forma para el éxito: no saber nada y gritarlo a los cuatro vientos.
Sin embargo, los gritones y bufones no gritonean gratis.
Gratuitamente luchó Manuel Belgrano. Ayer fue el Día de la Bandera.
Belgrano estudió en la Universidad de Salamanca y volvió para luchar desde su saber y su coraje.
Sabía que fundar escuelas es el alma de una nación que luchaba por surgir, creía en las ciencias y en el saber.
La Argentina superficial, que tanto cultiva ahora el idiotismo militante, le da la espalda a la bandera que Belgrano nos legó.