Que vivimos en una perpetua esquizofrenia no es novedad. Que consideremos que usar ropa de segunda mano es ecológico, está ok. Que sigamos la recomendación de echarle vainilla de Madagascar a un plato en lugar de la esencia de vainilla común y corriente y que esto nos parezca normal es, como mínimo, una contradicción del alma.

La gula es un pecado capital porque, según los Padres de la Iglesia, estar demasiado atento a la comida puede trastornar nuestra relación con Dios. Si cambiamos la palabra Dios por la palabra “realidad”, veremos que la advertencia se cumple igual. Creemos, por error, que la gula se refiere a echarse cuantiosas comidas en la gola, la garganta. La gula es una locura del vientre. También lo es buscar la sofisticación en un plato de comida y no la simpleza.

El problema está en que de carne somos. La épica del palmito que nos devoramos en cinco segundos, o del azafrán -la especia más cara en mercado-, o del chocolate que viene de la Costa de Marfil, hace que no nos preguntemos cuánta gente hay trabajando -la mayoría en trabajo esclavo- para saborear un instante de placer. Difícil volver a la sencillez cuando todo atenta para que la complejicemos cada vez: entre la comida vegana, la gourmet y la fit nos tironean a cada rato acerca de qué comprar, qué es lo mejor. ¿Pimentón o paprika? ¿Pollo al limón o pollo tikka con jengibre?

Sí. Me golpeo el pecho y me declaro pecadora. También yo caigo en el pecado de gula. Me gustan los platos exóticos por dos cosas: la primera, porque es como viajar. Por un ratito, mientras paladeaba la carne al chocolate, estaba en México. Por otro lado, porque crean un recuerdo. En mi casa, todos se acuerdan de la vez que cociné adafina, una especie de guiso sefardí que aprendí de mi suegra Paulina Barchilón, porque es una receta que se transmite de suegra a nuera. La madre de todos los cocidos, le llaman, y hasta figura en el Libro del Buen Amor. La preparé para enamorar a mi marido actual, que ni es sefardí ni conoció a la preciosa Paulina. Y lo hice siguiendo el consejo de mi madre, que sí era sefardí, y que aconsejaba aquello vox populi: Al corazón del hombre se llega por el estómago. No obstante, para seguir con la esquizofrenia que dio pie a este escrito, mi madre sabía decir: Nunca aprendas a cocinar porque él te tendrá de fregona en la cocina. Ella, de más está decirlo, no cocinaba.

La adafina es de esas recetas que se preparan la noche anterior. Hace días lo intenté algo así con el ragú napolitano siguiendo una receta al pie de la letra. Salió riquísimo, aunque a mí me resultó decepcionante porque no le encontraba nada diferente a la salsa bolognesa que se compra en cualquier casa de pastas. El origen de mi decepción no fue por haber estado cuatro horas vigilando la cacerola, sino porque al final, cuando serví el plato, no fue como haber estado en Nápoles.

Quizá cuando la gula nace del deseo de conocer otros paisajes, otras vidas, no sea un pecado tan grave.



Fuente Clarin.com

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