
Conocí a pocos tan alegres, tan cercanos, con tanta capacidad para ser, a la vez, joven y veterano, eficaz y poético, compañero y hermano de aquellos a los que él abrazaba, fueran o no de su manera de concebir la vida, o el mundo editorial, o que fueran, simplemente, como él, tan eficaz, tan inteligentes como Daniel Divinsky, que ahora, como del rayo lento de la vida, se ha muerto en Buenos Aires, donde tanto quería.
En los últimos meses, también cuando estuve en la Feria del Libro de Buenos Aires, quise verle de cerca, conseguir de su inteligencia, otra vez, un consejo para entender el mundo y, también, a pesar de su muy inteligente abrazo al escepticismo, la vida de la política.
Su país era para él el mundo entero, así que cuando venía a Madrid y nos veíamos, la última vez con su mujer, tan dulce, tan cercana, su conversación era radicalmente europea, literaria, cercana, como si hubiera nacido en Leganitos, el lugar más viejo de la capital de España.
Como editor fue, durante muchos años, el ejemplar ciudadano que hizo de la obra de Roberto Fontanarrosa una apuesta mundial, y eso lo llevó a hacer que nosotros, los jóvenes editores, nos preguntáramos cómo lo hacía. Y lo hacía como hacía todas las cosas: trabajando y riendo, comprometiéndose con el autor y con lo que éste significaba para su país y para el extranjero.
Sus vicisitudes editoriales, y su capacidad para estar ahí, hasta el fin de los días, con su sello y después con lo que tuvo para no perder el sentido de la historia en la que ya estaba inscrito, lo convirtieron en un genio de la estirpe de Jordi Herralde o Beatriz de Moura, o Peter Mayer, el extraordinario visitante fructífero de la Feria de Francfort, donde todos estos genios de la mejor literatura se encontraban para hacer mejor el amado mundo de los libros…
Divinsky fue, además, un gran compañero, un ser humano que de la noche a la mañana estaba pendiente de las noticias, del mundo propio y del mundo ancho y ajeno al que se dedicaba para buscar, en el fondo de las cosas, los hechos y los libros, la razón de ser del universo de hoy en día.
Me escribí muchas veces con él, desde Madrid o desde Canarias, y él me escribía como los cosmopolitas: como si estuviera a la vez en todas partes. La primera vez que queda registrada (en WhatsApp) nuestra correspondencia él me reprochaba que no supiera escribir bien su apellido, para preguntarme en seguida dónde me alojaba en Buenos Aires… Luego recuerdo, minuciosamente, todos los sitios a los que me llevó, dotado de su maleta de llevar asuntos, hablando por la calle como si la propia calle lo estuviera oyendo.
Era de todas partes, pero qué gran bonaerense era. Era un hombre ocupadísimo, pero tenía tiempo, mientras estábamos juntos en su pueblo, esa capital del mundo que es Buenos Aires, para entrevistarme en su programa de radio, que acariciaba (como aquella legendaria Natu Poblet, que también era radiofonista) como si se estuviera licenciado en periodismo… Cuando yo llegaba, y él me vislumbraba en el horizonte que dominaba, buscaba lugares donde almorzar, cenar “o cualquier cosa”, y ya todo lo que dijera, lo que fuera posible contar, era una manera extraordinaria de estar, gracias a él, en todas partes y al tanto de todos los libros.
A veces se enfadaba (con este periódico, por ejemplo), pero luego iba a sus fiestas y a sus premios, y él mismo parecía parte de la gente de Clarín y de su suplemento Ñ, tan decisivo en su país y fuera de él. A veces le decía a Divinsky que no se enfadara, pero esa era la sal de la vida, leer un periódico, recomendarlo incluso, pero discutirlo como se discuten las buenas amistades. Era tan solícito, tan agradable e inteligente.
Aquí tengo una de sus bienvenidas: “Los pasaremos a buscar a las dos por el hotel… Imagino que ya estarán saturados de carne, ¿o no?”. En un momento de nuestras vidas mostró interés, por ejemplo, por “el famoso nieto” que mejoró mi familia cuando yo estaba en Córdoba, Argentina, adonde él quiso ir para encontrarnos…
En los últimos meses celebraba conmigo textos que me ha publicado Clarín, por ejemplo el que escribí sobre Gabo cuando apareció el libro de Rodrigo, el hijo de Mercedes y del autor de Cien años de soledad, para rendir homenaje a su madre y a su padre, leyendas ambos de la vida del mejor escritor en español del siglo XX. Me había leído “junto a la chimenea encendida”.
Lo veo ahí, despidiéndose de un mundo que ahora es más vacío sin él. Me dijo mi amigo, y colega como editor, Fernando Esteves, que dirigió Alfaguara en Buenos Aires, cuando me dio la penosa noticia de la muerte de Daniel: “Yo era ´un pibe de provincia` de 27 años que venía a dirigir una editorial ´transnacional`. Él ya era una leyenda y el emblema de la edición ´independiente`. Pero me acogió con mucho cariño y generosidad. Fuimos vecinos, además. Parece mentira, pero han pasado treinta años”.
A mí me parece que Daniel Divinsky tenía ahora también 27 años y se fue. El mundo es grande y él se fue.