
Y de repente, alguien le hace una pregunta a Alguien. Como al pasar. Puede ser un día cualquiera, una de esas tardes en las que la luz se dobla apacible contra las paredes, y las palabras parecen perder sus habituales filos. La pregunta es sencilla. Es acerca de Algo: sobre sus fisonomías, sus características. Y así, con la naturalidad de un gesto transparente, la conversación se produce.
Algo aparece en la conversación, como una figura recortada con claridad contra un fondo gris: una figura concreta, evidente, dotada de una forma precisa y un peso determinado. Las palabras giran en torno a Algo con la misma inocencia con que las hojas de otoño giran sobre sí mismas en el aire antes de caer, en el pequeño viaje que las traslada de la copa de los árboles hasta el piso húmedo de las veredas. Al principio todo parece claro. Alguien habla de Algo con entusiasmo, brindando ejemplos, trazando límites. Y alguien asiente, añadiendo más detalles, modulaciones, matices: “Sí, Algo es interesante”. Así se va tejiendo ese diálogo, esa red de sentidos, unos dentro de los otros, como esas mónadas de Leibniz que se reproducen luminosas en el interior aireado de su propia proliferación. “Además, lo que ocurre con Algo es que tiene esa peculiaridad, esa fisonomía, esas precisiones”. Algo está en el centro. Pero también está en sus bordes, sus ramificaciones. “Siempre he pensado que Algo también implica eso Otro”. Y allí, en el momento menos pensado, se produce el malentendido, el encono, la diferencia.
Es posible que la diferencia haya estado desde el principio, imperceptible, agazapada, esperando su momento. Como una semilla plantada en el interior del lenguaje. Esperando a que sea la conversación misma la que la riegue, para, en el momento menos pensado, mostrarnos por fin su verdadero rostro. Al principio, como cuando un hilo se tensa demasiado y amenaza con romperse, comienzan a aparecer los matices. Alguien, tal vez distraído por una palabra mal elegida o por una asociación lejana, menciona otra cosa. Y por una operación del lenguaje, ese Algo común que nos unía y le daba su razón de ser a la conversación, de pronto se transforma en Otra Cosa. Otra Cosa irreductible, con mayúsculas, quizá hasta nacida de Algo, pero ahora completamente independiente y autónoma de aquella otra figura que la precede y de la cual partió. Difícil comprender cómo Algo común, apacible y bienaventurado, pudo pasar a convertirse en esa Otra Cosa áspera e incómoda, insípida, difícil de absorber.
El malentendido, quizá, no sea obra de las formas o un tema de personalidad. Lo más interesante quizá, es que el malentendido está en el corazón mismo del lenguaje. Aún las personas que más conocen acerca de esta naturaleza desleal del lenguaje, a menudo, son quienes más caen en las ominosas trampas del malentendido.