Que la verdad no existe es un invento posmoderno bastante cool que se ha venido difundiendo como una verdad sagrada. La vieja idea -arrastra el polvo del siglo XIX- supone que hay versiones, hoy llamadas relatos, de la realidad contrapuestos y que el que termina prevaleciendo, gana, impone su visión de la historia. Que toda la historia de la ciencia, de los descubrimientos y del conocimiento en general desmientan semejante tontería no es algo que incomode a sus devotos. Vivir en un mundo de versiones ajenas al disparate quizá resulta más acogedor o más divertido o más feliz que acomodarse al dos más dos son cuatro, aquí en la Luna o en Júpiter.

Una verdad de recontra perogrullo es la que dicta que en una contienda bélica la primera víctima es la verdad. La reciente guerra Irán-Israel, espoleada en su horror por Internet y su universo de versiones casi infinito puso y pone en cuestión, una vez más, el acuciante tema para cualquier terrícola de la verdad desnuda.

¿Es cierto que Irán conserva su capacidad nuclear casi intacta, que el grado de destrucción en ese país no resulta significativo y que sus Fuerzas Armadas permanecen sin mella ni mácula? ¿Es plausible creer que a Israel le hayan doblegado a la “Cúpula de Hierro” -paraguas antiaéreo que permite a su población estar a salvo de ataques desde el aire- y su ejército famosamente invicto no haya podido terminar con Hamas?

Las versiones se tutean con el infinito y los títulos de los sitios de Internet son, en general, completamente taxativos: “Terror en Israel” o “Teherán en escombros” aúllan. Hay dos columnistas de largo aliento en canales de Youtube que son mis preferidos por lo mentirosos que llegan a ser. Uno, fanáticamente israelí; el otro, irracionalmente pro iraní. Comparten una sola cualidad: ambos son mexicanos. En realidad, también otra: para divertirse resultan ideales, por más que las risas resuenan sobre ruinas.

Y en la red hay para todos los gustos, fanatismos y grotescos: si usted quiere una completa adulteración, hay. Si quiere un análisis fino, también. Sólo que la mayoría de las voces se inclinan al absurdo por falta de profesionalismo e información confiable. No sólo alberga la estupidez constante y sonante: también la desinformación interesada, aunque en general con semejante grado de intensidad a trazos gruesos que resulta casi imposible no detectarlo. A menos que el lector vaya a buscar en esos sitios no la verdad desnuda o vestidísima, sino por viajar en busca de sus prejuicios: allí los tendrá claros y centelleantes como estrellas que agonizan.

Consejo no pedido al sensible lector: guíese como hacemos los viejos periodistas por informaciones de medios acreditados, con cierta ancianidad y prestigio. Son de los pocos lazarillos que le servirán para andar a tientas en tan oscura selva. Y saber, sin sombra de duda, que en esta guerra hubo un bando que venció casi en absoluto y otro que fue aplastado miserablemente.



Fuente Clarin.com

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