
Tiempo atrás se conoció un proyecto impulsado por Marcelo Nimo, actual agregado comercial en la embajada argentina en España, que generó preocupación en ámbitos diplomáticos y académicos, ya que comprometería el futuro mismo de la diplomacia argentina. La propuesta, titulada Diplomacia de la Libertad, se aleja radicalmente del enfoque tradicional que ha caracterizado a la Cancillería durante más de un siglo.
Nimo, defensor de la escuela austríaca de economía y crítico del Estado, plantea una reformulación drástica del servicio exterior, al que considera obsoleto e ineficiente. Su plan busca reducir el gasto público mediante la eliminación progresiva de funciones diplomáticas tradicionales, reemplazándolas por soluciones digitales y mecanismos de tercerización a cargo de entidades privadas. La diplomacia se volvería, en ese esquema, un servicio remoto, fragmentado y marginal.
Desde su cargo, Nimo ha sido un crítico virulento del cuerpo diplomático al que acusa de sostener una “simulación de falso estado de bienestar”. Su propuesta encaja con el marco ideológico del gobierno de Javier Milei, que ha convertido la consigna de la “motosierra” en política de Estado.
El proyecto redefine el rol del Estado en el mundo: la representación exterior profesionalizada pierde sentido frente a una lógica de gestión empresaria, flexible y atomizada. Pero reducir la diplomacia a un apéndice comercial es una torpeza estratégica: es confundir eficiencia con desmantelamiento.
Quienes han seguido mis trabajos recientes saben que no me resisto al cambio ni a la crítica del funcionamiento histórico de la Cancillería. Pero otra cosa es deslegitimar la Diplomacia —con mayúscula— como herramienta esencial del Estado.
No solo negocia tratados o promueve la inserción internacional de bienes y servicios nacionales: posiciona al país, resguarda su soberanía, articula alianzas y protege a sus ciudadanos en el exterior. Es una pieza central del interés nacional. La embestida contra el servicio exterior —discursiva, presupuestaria e institucional— pone en riesgo la continuidad de una política exterior coherente y profesional.
Pero el problema excede lo administrativo. La Cancillería mantiene un enfoque geográfico e institucional rezagado. A pesar del ascenso de potencias emergentes como China e India, el despliegue diplomático argentino sigue privilegiando a Europa y América del Norte. Mientras nuestros principales socios comerciales están en Asia, nuestra presencia allí sigue siendo débil. Durante mi gestión como embajador en China elaboramos un informe que demuestra esta desproporción: el personal destinado al “norte global” duplica al asignado a países clave del sur emergente. Esa inercia diplomática está cada vez más divorciada de la realidad.
La torpeza estratégica se agrava con el manejo de la relación con China. Las presiones de Estados Unidos para que Argentina desista del swap con el Banco Popular chino son una injerencia directa. Este acuerdo, de unos 18 mil millones de dólares, ha sido clave para sostener las reservas del Banco Central. Su eventual cancelación implicaría pérdida de liquidez, presión cambiaria y posible devaluación. En un gesto de “paciencia estratégica”, China renovó por un año un tramo de 5.000 millones, dándole al gobierno algo de oxígeno. Pero la advertencia está hecha.
Más preocupante aún es el alineamiento incondicional con la administración Trump. Argentina no solo no ha reclamado por los aranceles estadounidenses, sino que ha declarado su intención de adaptar su normativa al nuevo proteccionismo norteamericano.
Esto contradice décadas de defensa del multilateralismo y del desarrollo soberano en foros como Naciones Unidas. La idea de dolarizar la economía y avanzar en un tratado de libre comercio con una potencia con la que competimos directamente en sectores clave expresa una lógica de sumisión que favorece solo a grandes corporaciones.
El caso Malvinas es quizá el más grave, no solo por su simbolismo histórico, sino porque condensa la lógica de subordinación ideológica que atraviesa la política exterior actual. En su afán por agradar a sus referentes, el presidente Milei ha relativizado décadas de consenso diplomático sobre la soberanía del archipiélago: su admiración por Thatcher, el uso del principio de autodeterminación para referirse a los habitantes de las islas y la compra de F-16 sin capacidad de vigilancia sobre el Atlántico Sur expresan un profundo desprecio por la historia e identidad nacional.
A ello se suma la adquisición de blindados 8×8 Stryker usados a Estados Unidos —más costosos que los Guaraní brasileños o los modelos chinos— que además de ser 0km, ofrecían integración industrial en Argentina. Ningún país serio renuncia a sus reclamos territoriales ni a su industria por afinidad ideológica. Todo ello constituye una muestra cabal de la coordinación entre Argentina, Estados Unidos e Inglaterra, cuyo objetivo es claro: frenar la cooperación china en América del Sur, incluso a costa del desarrollo propio. Se trata de una alineación geopolítica que privilegia la obediencia sobre el interés nacional.
Frente a Estados Unidos, subordinación política. Frente a China, al liberalizar totalmente la economía, el gobierno se expone a una subordinación económica. Estas “dos subordinaciones”, como las llamo, nos dejan sin herramientas, sin autonomía y sin proyección.
Mientras se paralizan proyectos de inversión estratégica financiados por China —represas, redes eléctricas, infraestructura ferroviaria— tampoco se generan nuevas fuentes de financiamiento ni se atraen inversiones genuinas. Las pymes enfrentan una competencia externa feroz, sin protección ni acompañamiento. Incluso hemos empezado a importar alimentos que producimos con excelencia.
La política exterior, como la economía, necesita estrategia, profesionalismo y visión de largo plazo. El repliegue ideológico que propone Milei no solo es regresivo: es peligroso. No hay soberanía sin diplomacia, ni desarrollo sin Estado.
Destruir la Cancillería es destruir la posibilidad de tener una voz propia en el mundo. Es hora de repensar nuestra inserción internacional, priorizar alianzas con bloques como los BRICS+, aggiornar nuestra red diplomática y fortalecer el rol del Estado en la protección del interés nacional. Sin eso, lo que queda es solo propaganda, dependencia y retroceso.
Sabino Vaca Narvaja es ex embajador argentino en China