
Cuando encontrás en tu barrio a un guía turístico con micrófono de diadema y a un grupo de viajeros atento a su relato sobre la riqueza arquitectónica de edificios en los que no se repara habitualmente, sabés que la gentrificación ya te muerde los talones. Tu mapa personal, tu retacito de ciudad, ha entrado en la oferta de las visitas guiadas y al ruido de la vida cotidiana habrá que sumar palabras amplificadas para excursionistas curiosos.
Eso está pasando en Chamberí, el barrio más castizo de Madrid, que conserva entre tantos locales de café de especialidad y espacios de coworking, algunos negocios que se nutren de la mejor tradición local, diferenciándolo. El rincón de Pepe, una “barbería clásica”, es uno de esos sitios que disfrutan los varones que valoran el old style.
Con experiencia de décadas en el rubro, Pepe Castillo, el barbero, puede estar tranquilo incluso en tiempos de virtualidad omnipresente en los que gajos de lo que nos rodea “parece real”, pero no lo es (parte de la publicidad que vemos en la tele o en las redes ya se realiza con inteligencia artificial, por ejemplo). A la vivencia del corte de pelo o el rasurado con ceremonia de toallas calientes y frías, la casa suma hospitalidades pausadas: buena conversación, café o cerveza.
El know how de ciertos oficios resiste por eficiencia, no por nostalgia. “Se arreglan cortes caseros”, promete un cartel en la vidriera de Pepe. Y en Instagram anima: “¡Que levante la mano 🙋♂️quién alguna vez se ha hecho algún destrozo en barba o pelo! ¡No te preocupes 😉 que todo tiene arreglo!”, asegura con el criterio del que gestionó más de un enredo.
Las manos expertas de peluqueros, cocineros, médicos… en sus labores subrayan la afirmación del sociólogo Richard Sennett en El artesano. “La gente puede aprender de sí misma a través de las cosas que produce; la cultura material importa”, sostiene, mientras define la artesanía como la habilidad y el deseo de hacer las cosas bien, sin más. Lo auténtico y no sólo su aire.
Las voces sintéticas y las escenografías virtuales bajan costos, pero hay ámbitos (me niego a escribir “todavía”) en los que lo analógico es imbatible, porque la situación exige tijeras y navajas palpables, soluciones físicas, que integran cuerpo y lucidez para lidiar con la apasionante complejidad del mundo. El calor y no sólo la imagen del fuego.