Una valija, un par de remeras y una colección de máscaras. Así viaja Gonzalo por el mundo. Actor, director, pedagogo y fabricante de máscaras, lleva más de una década creando piezas únicas que combinan lo teatral con lo ritual. Vive en Lituania, da talleres en Europa y Latinoamérica, pero no olvida de dónde viene: “Lo que me sostiene es el barrio y la infancia”, dice. Y ese barrio, su punto de partida, es Ituzaingó.

Su infancia estuvo marcada por la calle, la familia y la imaginación. Creció entre casas de amigos y veranos de pelopincho, en una época en que las rejas eran bajas y la pelota se recuperaba tocando el timbre del vecino. En Castelar e Ituzaingó descubrió el arte de forma natural: “Mis viejos nos inculcaron mucho el cine, los cómics, las historietas. A los cinco años no teníamos cable, así que veíamos películas en VHS todo el tiempo”, cuenta.

Desde muy chico dibujaba y creaba mundos propios. Inventaba cartas, personajes, mapas inspirados en El Señor de los Anillos. Pero era también un nene tímido, tartamudo, al que una fonoaudióloga le recomendó clases de expresión artística. Así empezó teatro a los siete años. Y nunca más se detuvo.

En la adolescencia estudió actuación con un enfoque realista y empezó a salir del barrio hacia la ciudad. Aunque primero eligió el periodismo deportivo, su paso por la Universidad Nacional de las Artes lo acercó definitivamente al teatro, donde descubrió la militancia, lo comunitario y el escenario como herramienta de transformación.

Su vida cambió para siempre cuando llegó a Cabuia, un espacio de teatro físico y máscaras cerca del barrio de Once. Fue ahí donde conoció a Alfredo Iriarte, referente mundial en el arte de la máscara. “Él fue la base para que yo conociera este trabajo. Me enseñó a ver las máscaras como algo vivo, poético, con memoria”, recuerda Gonzalo.

Con Iriarte construyó su primera máscara de papel y luego una de cuero; desde entonces no dejó de hacerlas. El proceso artesanal comienza con un dibujo y sigue con arcilla, yeso, lijado, pintura y barniz. Cada pieza puede llevar entre tres y cinco días, y aunque la técnica es precisa, siempre surge lo inesperado. “El proceso creativo depende del contexto. A veces veo un moái o escucho música y aparecen rostros en mi cabeza. Son asociaciones, mezclas, restos fantásticos y metafóricos”.

En 2014, su trabajo cambió de rumbo al investigar las máscaras indígenas y ceremoniales de Latinoamérica. Durante sus viajes por el continente, conoció comunidades, tradiciones y rituales, y empezó a crear piezas inspiradas en esas culturas con respeto y curiosidad. “Las máscaras traen información de su comunidad. Me influenciaron mucho los pueblos que visité. Busco vincular esas culturas con el teatro”, explica.

Su vocación lo llevó a formar El Cuarto de Meme, con sede en Vilna, Lituania, donde vive, dirige, actúa y da talleres de máscaras. Ya impartió más de 40 en distintos países, combinando lo pedagógico con lo escénico. Aunque esté lejos, nunca dejó su punto de partida: “No hago teatro para la gente de Lituania. Sigo haciendo teatro para mi barrio, mis amigos y mi familia”, afirma.

Gonzalo se define como artesano. En su taller hay máscaras escénicas, pedagógicas, ceremoniales, incluso una de Darth Vader, hecha por placer. “Cuando viajo, mi valija es toda de máscaras”, dice riéndose. Y es literal, su obra lo acompaña, lo define y lo conecta con lo más esencial de su identidad.

Detrás de cada rostro que fabrica hay una historia, una búsqueda y una herencia. Gonzalo transforma el barro, el papel y la pintura en una forma de contar el mundo. Y aunque sus máscaras viajen lejos, su mirada sigue anclada en las veredas de Ituzaingó, donde todo empezó.



Fuente Clarin.com

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