
Suele suceder que cuando una persona muere y desaparece del escenario la gente comienza a reconocer la personalidad que fue, el legado que dejó; es el caso del Papa Francisco. Y esto vale hoy, especialmente, en lo que se refiere a su acción política.
Actualmente, desgraciadamente, asistimos a una política gritada, a menudo alejada de visiones a medio y largo plazo, una política que tendría que ser el arte del encuentro y del diálogo. En cambio, qué poco los políticos, y no es solo el caso argentino, buscan el ejercicio del consentimiento, y favorecen el sectarismo y las ideologías políticas. Es necesario construir una cultura política.
Muchas veces se reduce la política a una parodia estética. “Se cae en una espectacularización de la política y todos estos procesos dañan y debilitan la existencia de los partidos que son los canales naturales en los que los ciudadanos expresan su participación en la vida democrática”.
Son palabras que expresaba el entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, denunciando como principales enfermedades de la política vernácula: “el personalismo” y “el internismo”. Realidades que, de alguna manera, justifican el fuerte abstencionismo de los ciudadanos en las últimas elecciones porteñas. La desafección de la política partidaria es cada vez más evidente y manifiesta.
¿Cómo colmar esta brecha entre el ciudadano y la política? La partidocracia como enfermedad, es decir el partido visto como mero instrumento de poder y no como canal para mediar los procesos que favorezcan la preocupación alrededor del bien común, seguramente no es la respuesta.
De hecho, – “el internismo” criticado por Bergoglio representa “la búsqueda espasmódica de espacios de mera ocupación del poder dentro de un equipo político y que no tienen nada que ver con un amplio y genuino debate de ideas y proyectos diversos.”
El político, según el juicio de Bergoglio, debe tener capacidad de guía, ser creativo y tener amplias visiones, debe ser capaz de mediaciones y no de ajustes geométricos, no debe ser personalista sino tener la actitud de poner en el centro de su acción política a la persona humana.
Si esto puede ser una humilde sugerencia a nuestros políticos, que podrían sacar buenas ideas de una lectura detenida del capítulo quinto de la “Fratelli Tutti” sobre “la mejor política”. Por otro lado hay que recordar que los políticos no nacen como hongos, sino forman parte de una sociedad que todavía hoy camina en un proceso lento de conciencia ciudadana.
En relación a ello, son siempre iluminantes las reflexiones de Jorge Bergoglio: “la reflexión sobre el ciudadano, la reflexión existencial y ética, culmina siempre en vocación política. ¡Claro!, si el ciudadano es alguien que está citado para el bien común ya está haciendo política que es una forma alta de la caridad, según los documentos pontificios.”
“El desafío de ser ciudadano – concluye Bergoglio – además de ser un hecho antropológico, se encuadra en el marco de la política. Porque se trata del dinamismo de la bondad que se despliega hacia la amistad social. El desafío de la bondad que se va desplegando hacia la amistad social.”
Amistad social versus cultura del enemigo, ciudadano versus mero habitante. Hay que cambiar la cultura política, es urgente modificar el lenguaje político; desde la agresividad a la empatía. Entonces comencemos por invertir en las nuevas generaciones educándolas al diálogo y no a la polarización.
Marco Gallo es director de la Cátedra Pontificia de la UCA y miembro de la Comunidad de Sant’ Egidio.