
A veces no sé con qué ojo mirar la situación del productor agropecuario, si lo miro con el que me corresponde, sin comparaciones, la presión impositiva a que estamos sometidos, es infernal, las retenciones, con su perversidad manifiesta, se llevan, en el caso de la soja, el 26% en este momento por la rebaja compasiva.
El 26% se aplica como rebaja en el precio, al total de la factura y si hubo ganancias superiores a $40.000.000 contribuye con otro 35%. En este caso con solo dos impuestos llega a 61 % y falta sumar ingresos brutos y el impuesto a débitos y créditos, más sellados y otras yerbas.
Lo que finalmente veo con mi ojo, es lamentable, con suerte y si se dio un buen año, productivamente, salgo a la raya, sin contar el valor de mi trabajo y el sufrimiento por las inclemencias del tiempo.
El ojo comparativo, en cambio, me muestra lo que no puedo dejar de mirar y es nada menos que la realidad de un país que está tratando de salir de la terrible situación que nos dejaron los sucesivos gobiernos anteriores. No se necesita ser muy lúcido para darse cuenta que hay muchísima gente que está peor que nosotros y el ajuste para ellos significa privaciones importantes y no solo de cosas superfluas.
Ahora bien, sabemos de lo injusto de las retenciones, un impuesto que no se coparticipa ni siquiera equitativamente con las provincias que lo generan. Gran parte de su producido, fue virtualmente robado, durante los gobiernos kirchneristas, se fue en sobreprecios de la obra pública, facturas truchas por servicios que no se dieron, sobornos a políticos y empresarios, compras fraguadas, financiación de emprendimientos inexistentes y podría llenarse la hoja con modalidades delictivas.
Con ese nivel de corrupción, el presupuesto no alcanzaba para sostener los objetivos distribucioncitas y hubo que echar mano a la maquinita, para reponer lo que faltaba. Tantos años de emisión desmedida nos llevaron a niveles de inflación imposibles y lograron empobrecer a la Argentina, de tal manera, que su propia mentira se hizo insostenible.
Así llegó este gobierno, con las promesas de arreglar este desastre y lo está cumpliendo en medio de reclamos, valederos y de los que pierden beneficios. Durante 30 años o más, fuimos estafados descaradamente, nuestro gigantesco aporte se esfumó y no hubo ninguna obra de infraestructura que acompañe el crecimiento. Pero para los productores hay una luz al final de este camino que, no es más feo del que recorrimos hasta ahora, la promesa de dejar de robarnos en el futuro cercano y la paulatina devolución de lo sustraído, mediante obras para el sector, mantiene mi esperanza.
Tengo claro que, si tenemos que volver a lo anterior, será por el mismo camino que vinimos. Espero no ser defraudado.