En Argentina, cada 20 horas se suicida un adolescente.

Sí. Así de crudo. Así de cruel. Así de doloroso.

Ese número es imposible de digerir. Porque detrás de cada estadística hay una familia, un grupo de amigos, un aula de una escuela, o hasta un barrio que queda roto por la pérdida de un chico que enfrentó un dolor gigante que, en muchos casos, entre todos podríamos haber evitado.

Vivimos en un mundo vertiginoso e hiperconectado. Y para los adolescentes, esto significa estar bajo una presión constante.

Antes, por ejemplo, el bullying terminaba cuando uno salía del aula; ahora sigue todo el día, en el celular, en las redes, en los grupos de WhatsApp. Las comparaciones son permanentes: quién tiene más seguidores, quién recibe más “likes”, quién encaja y quién queda afuera. A eso se suma la ansiedad que trae la tecnología, como la necesidad de estar siempre disponibles, responder rápido, mostrar la mejor versión de uno mismo. Y no podemos dejar de lado tampoco los efectos que el encierro y la pandemia tuvieron en los chicos: miedo, encierro, soledad, pérdida de rutinas.

Estos no son solo comentarios sueltos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) nos advierte que el suicidio es la tercera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años en todo el mundo. UNICEF Argentina señala que, en nuestro país, los suicidios en adolescentes se triplicaron en los últimos 30 años y ya son la segunda causa de muerte en chicos de entre 10 y 19 años. Y por cada adolescente que se quita la vida, entre 20 y 40 intentan hacerlo. Es una verdadera emergencia silenciosa.

El primer paso para enfrentarla es dejar de callar. Necesitamos hablar de esto. Necesitamos hablarlo entre todos. El Estado, las escuelas, las familias, los chicos mismos. Porque no sirve esconder la cabeza ni minimizar lo que sienten los adolescentes.

Ellos no están “llamando la atención”. Ellos están pidiendo ayuda.

Como legislador, me importa mucho que las escuelas sean parte de la solución. Por eso impulsé la Ley de Bienestar Integral Escolar en la Ciudad de Buenos Aires, que logramos aprobar a finales del año pasado para que la salud mental empiece a ocupar un lugar central en las aulas.

¿Qué significa esto? Que los chicos tengan espacios donde trabajar sus emociones, desarrollar empatía, construir vínculos sanos, reconocer cuándo necesitan ayuda y cuándo alguien a su alrededor la necesita.

Queremos que las escuelas sean lugares seguros, donde no solo se enseñe matemática y lengua, sino también cómo convivir, cómo enfrentar los miedos, cómo fortalecerse emocionalmente.

Nadie pierde de vista que lo disciplinar es fundamental en la escuela, pero no es una cosa, o la otra.

Pero una ley no alcanza. Necesitamos del apoyo de todos.

Las familias tienen que estar atentas, escuchar, no juzgar, preguntar cómo están sus hijos de verdad. Los docentes tienen que sentirse acompañados para detectar señales de alarma que nos permitan intervenir a tiempo. Y los chicos tienen que saber que pedir ayuda no es ser débil: es ser valiente.

Por eso, si sos adolescente, estás leyendo esto y estás pasando por un momento difícil, por favor, pedí ayuda.

Podés llamar al 135 o al 0800-345-1435 desde cualquier lugar del país.

Y si conocés a alguien que está sufriendo, no mires para otro lado: escuchá, acompaña, buscá apoyo.

Tenemos una responsabilidad enorme. Cada vida que se pierde es un llamado de atención. No dejemos que el dolor siga creciendo en silencio. Hagamos de la conversación, de la empatía y de la acción nuestras herramientas para cuidar a nuestros chicos.

La vida de los adolescentes no puede esperar.



Fuente Clarin.com

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